Crueldad

Septiembre 15, 2009

Deborah seguía sentada en la orilla de su cama; mejor dicho estaba sentada en la alfombra, recostada sobre la piecera de su cama matrimonial. Se veía su esbelta figura y sus manos enredadas entre su alborotado cabello.

Ella miraba hacia sus pies y la alfombra gris. Pensaba en lo que había hecho.

Levantaba la vista y se reflejaba en un espejo que estaba tapado con una cortina negra. El pasado y los recuerdos la perseguían. Era una paranoia de la cual no podía escapar; incluso ni encerrada dentro de su apartamento o dentro de ella misma.

Las píldoras no hacían efecto, no había comido en días, estaba demasiado delgada. Tenía el maquillaje de los ojos corrido y seco… había derramado muchas lágrimas y la forma de sus pestañas había quedado en un pañuelo con forma de dos mariposas, que, cuando las veía le hacían recordar sus sesiones con el psiquiatra.

Tanto tiempo alejada, con el teléfono descolgado y las luces apagadas hacían parecer que no existía nadie.

Sólo se escuchaba de fondo el ligero goteo de una de las llaves de la tina del cuarto de baño. Había manchas de sangre.

Debora encontró sus botas junto al piano, llenas de lodo y más sangre.

Tuvo un momento de claridad.

Recordó lo que tanto la atormentaba y por lo que tanto sufría.

Martin había muerto, lo habían asesinado.

Un Cuento

Julio 8, 2009

Cuántas veces sonreíste, una sonrisa tan franca que incluso te creí cuando con lágrimas me dijiste que nunca te habías sentido así.

Andante, mísero y lastímero, que francias resecas y maltratadas has dejado tras mentiras; tras un arcoiris de ilusión; como el leprechaun que aparece en los bosques, una ilusión, una alucinación, una decepción que todavía duele, que no deja dormir por pensar en ti; como al principio, los dos esperando la hora del amanecer…

Dejaste que el sol te resplandeciera en la cara, te cubriste los ojos con gafas oscuras, cerraste la boca y ocultaste tus oídos hacia esas cartas que hace tiempo escribí, mas nunca entregué.

Pensé que ya se había superado, más cuando te vi de nuevo, vi que apenas estaba empezando.
Un imperio, sin bosques, sin niebla, sin nieve, sin oro y sin islas solitarias, sin un pasto verde que recordara una botella de vino tinto en verano, sin ningún arcoriris.

Ya no espero a un caballero, mucho menos a un príncipe. Desperté del sueño en la madrugada y me di cuenta de que todo era un cuento, para niñas ilusas, uno de los que hace siglos se escribieron, uno de los que llaman cuentos de hadas y como tal, inexistente.

Se busca

Junio 23, 2009

Y se ve un letrero que dice: ” Se Busca…”

¿Qué es lo que se busca?

No se logra distinguir lo que dice el cartel, está muy por encima de la calle, las ramas de los árboles se arremolinan con el viento de una ligera llovizna; mientras la duda persiste.

Llevas en la mano un vaso con café, intentas fumar un cigarrillo, pero no puedes encenderlo ya que tienes las dos manos ocupadas y no hay más que el aire, la lluvia del verano y tus pensamientos.

Una cama con sábanas blancas y deshecha, vacía…

Libros por montones, leídos, releídos y unos sin abrir, algunos que han gustado otros no…

Un salón de juegos, una mesa de billar, un tablero de ajedrez y el afamado backgammon.

Una botella de vino tinto, tinta negra chorreante en papeles con letras gigantes pero sin significado.

Una mano vacía.

Un letargo de ausencia, el tiempo, las ciudades y las circunstancias.

Sudor frío… un sueño.

Y ¡despiertas!

El café se te cae de las manos y el pantalón es mojado por charcos y lodo… la tarde se corvirtió en noche… se despejó el letrero… miras hacia abajo, un café frío y un cartel que te recuerda algo…


“Se Busca Novio”

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Solitude

Junio 1, 2009

Y ¿cómo no odiar los cantos al viento? Las deambulantes sombras de tu presencia en mis memorias; en un libro, en una pantalla; cuando el viento levanta el polvo y lastima la cara; cuando los ojos lloran por el aire seco y las lágrimas agrias consumidas en el cristal del rocío de tus ojos, de mi reflejo, de los años de ausencia que nunca más se tendrán, de estar contigo en ese sueño, del que atormentada desperté, cuando no te vi.

Teñida de sangre… en un vestido blanco de novia ella se encotró. Sola abandonada, sin refugio, sin oídos, con ojos mirando el horizonte de un crepúsculo siendo iluminado por el atardecer de un día de mayo, el sentimiento más negro, más vil más oscuro, ese que provocaste para que ella hiciera eso.

Tomar la falda en sus manos, desgarrarla y con ella querer evitar esos sentimientos… despoblada de lejanos parajes, la consumasión de un acto que no podría ser más mortal que el dolor que causaste. Las promesas rotas y afligidas, el cabello lleno de venganza, furtivo al viento, los rizos encrespados y el carmesí de unos labios que ahora eran más que blancos. La mirada llena de dolor, la palidez de esa faz, la sonrisa que nunca resplandecería más…

Resucitar de una muerte, de un asesinato para quedar sin alma, para sólo sentir el vacío, la nada…escuchar los sollozos que llegarían más tarde con el paso de las horas, de los días, de los meses, de los años, escuchando tu voz, diciendo las palabras mudas, cerrando los ojos ante tu mirada ciega, ante esa que no quiso verla más, sin un por qué, sin una razón, sin más, que con tres frases te fuiste…

Te Amo

Te Amo

Te Amo

Es verdad; o eso dijiste… matarte, si ya estás muerto así, o ¿es acaso que también fue una mentira cuando decías que no podías vivir sin mí?

Cobardía, hipocresía, mentiras, dinero y distancia, enfermedades, hospitales, píldoras y tristeza son ahora los que nos separan, son ahora los que me recuerdan que no quiero volver a ti, que no usaré ni ese vestido, ni ningún otro; para nadie más.

Más de un mar que veo entre la encallada playa me recuerda a ti, las lágrimas caen el suelo y los ojos se tiñen de negro, la piel se marchita y un desmayo hace que pierda la poca fuerza, el cuello se ha quebrado, la novia muerta está. El funeral se ha señalado y los invitados están listos para desdeñar…

¡Malditos!

Se escucha desde el féretro, las ansias, el dolor, la angustia de estar presa, de estar sola, de vivir la muerte en vida, de sentir el dolor de la soledad, quizá por última vez.

Ella

Mayo 9, 2009

Se escuchaban la teclas de una antigua Remington, en un papel que estaba en blanco… en ese escritorio había un vaso con whiskey, las aspas del ventilador de techo rodaban como si de un remolino se tratara, todo estaba en una completa desolación. El hielo se había deshecho ya, la máquina de escribir seguía sonando, la alfombra denotaba que unos tacones la habían pisado, muy fuertemente.

La ducha estaba lista, se escuchaba al fondo del pasillo en aquel apartamento; las dos puertas de los dormitorios estaban entreabiertas y unos susurros se dejaban escuchar cuando se acercaban más.

Ella estaba hecha un lío, no sabía que hacer con ese trabajo, con la soledad que carcomía sus entrañas, por su edad, por no querer saber más acerca del “que dirán”. Estaba en posición fetal, sentada en ese solitario cuarto de baño, desnuda, llorando, por un bloqueo, por una máquina de escribir que no servía, por su vida que estaba perdiendo.

Todo lo había abandonado para ese instante, ya nada le importaba, dejó que la pequeña aguja del tocadiscos saltara sobre áquel disco de jazz que tanto le gustaba. Se sentía perdida, ya nada valía para ella.

Era la vida de una escritora -pensaba para sí-

No quiero más preguntas, no quiero estar aquí, quiero más libertad, me quiero a mí - gritaba, mientras lloraba bajo el agua de esa ducha tibia que se tornaba fría ante sus nervios-

Estaba estancada en un lugar que no le pertenecía, al que no sabía cómo había llegado, ni por qué.

Siguió por horas llorando por lo que era, más no por lo que fue, ya que no lo recordaba.

De repente se escuchó de nuevo el rasguido de ese ventilador y las teclas de esa máquina de escribir sobre una hoja en blanco, eran más fuertes que sus gritos y un estallido rompió la monotonía del ambiente. Una mancha cayó sobre la alfombra… alguien había tirado el vaso de whiskey al suelo y  había roto en pedazos el vaso.

Se vieron unas llaves que ciertas manos dejaron caer sobre el escritorio y unos pasos caminaron directamente hacia el baño, la luz estaba apagada. Había sangre derramada en la tina pero ya no había nadie; nadie excepto Ella que estaba harta de llegar desde la calle y volver a la rutina de siempre. Esa agonía que poco a poco la estaba matando. No se sorprendió por lo que había visto, estaba realmente furiosa y era más que una mujer para ese lugar y esa época.Sabía que no era la primera vez que pasaba, su mente era muy fuerte y le jugaba esas malas pasadas, eso de lo que no podía acordarse más tarde, su llamada ezquizofrenia.

Se lavó las manos con agua fría y su cara con jabón de olivo, se miró al espejo mientras se secaba con una toalla, vio sus ojos y sus ojeras, su palidez, no había comido; ahora sólo escuchaba esa tonada con ese trompetista que tanto le gustaba Miles Davis; decidió ir a su dormitorio y así encontrar una nueva historia, una nueva imagen, quería descansar de esa vida, tomó sus medicamentos, se desvistió tratando de conservar la calma, primero los zapatos, la falda, su saco, y mientras seguía con su blusa de seda, fue quitando poco a poco sus medias, cuidando que no se rasgaran, todo bajo la luz de su lámpara de noche, se deshizo de todo lo demás y  ya en la cama quedó sumergida entre las sábanas mientras  se ocualtaba tras la oscuridad de aquellas cortinas, la máquina; la vieja Remington dejó de escribir. El tocadiscos siguió sonando y las lágrimas en la ducha siguieron corriendo.

Habían pasado ya varios días… Ella no se había percatado de ello. Se había suicidado y ya estaba muerta… su alma rondaba en ese apartamento y ella pensaba que era sólo uno más de sus transtornos psicológicos; No podía descansar, nunca podría hacerlo más.

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Mi Sombrerero Loco

Mayo 5, 2009

Y fue así, justo así, cuando los peones del juego de ajedrez se coronaron victoriosos y triunfantes; cuando la sangre derramada y fresca pintaba las rosas blancas en un tono carmesí y el cricket se jugaba con las cabezas rodantes , con los mismos ojos que nos veían. Yo bebía el té con la corte – o ¿en la corte?-

Saliendo del laberiento vi un reloj que marcaba las 6, un reloj que seguía marcando el tiempo, más no las horas, ni los días que habían pasado, un reloj salido de una explosión, uno que recordaba mi pasado.

Mientras tomaba más pimienta para calmar mi alergia, vi un sombrero rodante en la mesa, vi que unas manos; las manos más encantadoras que había visto lo buscaban, mientras él iba girando por lo largo del camino de mesa hacia dónde yo me encontraba. Tomé el sombrero y lo coloqué en mi cabeza, seguí bebiendo el té y repentinamente un beso asustó a mi mejilla. El sombrero era el dueño de este personaje salido de un cuento de hadas, era como si lo viera en el mismo espejo que me encontré una vez, cómo si lo hubiera perdido y ahora NOS hubiésemos encontrado de nuevo.

Chesire sonreía desde el cielo, como la figura de una luna en cuarto creciente y Venus resplandecía a su lado, centelleando como uno de sus dientes en esa blanca y enorme sonrisa; estaba amaneciendo o por lo menos de eso me percaté mientras me veía hundida en un mar de lágrimas que por desesperación no podía contener. Felicidad, temor, angustia, era ¡miedo! lo que sentía en esos momentos. Era una ensoñasión, pero no era irreal.

Calmó mis afligidos sentimientos y él me hizo comer un bizcocho con un poco de mermelada de fresa, me sirvió una gran taza de té con miel y un poco de whiskey. Me hizo sentir reconfortada en el mundo más extraño en el que podía estar pero en el que me había sentido mejor en toda mi vida.

Tomó mi mano y me invitó a bailar, mientras el sombrero me decía cosas que no podía entender, él besó mi mano y me dió las gracias, por haberlo encontrado. No sólo al sombrero, sino a él. Que estaba perdido sin saber por tantos años quien era yo.

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Post Moderno

Abril 2, 2009

Deborah no podía contener su angustia, las tabletas de rivotril por tanto tiempo, ya no hacían el mismo efecto, cada vez necesitaba más.

No podía quedar encerrada en su piso, puesto que el temor a una claustrofobia la ponía más ansiosa. Decidió salir esa noche, ir a un bar. Quería distraerse, escuchar un poco de música, de psycobilly o de rockabilly, estaba harta de la música clásica, no podía tocar el piano, sus manos temblaban demasiado para ello.

Llegó al bar, y todavía era temprano, no había mucha gente, conforme las horas pasaron, hubo más y más, ella pasó enfrente y a través de todos sin dar ninguna importancia y sin mirar a nadie.

Se sentó en la barra y pidió tres shots de whisky, straight, quería algo fuerte.

Pensaba en lo que debía hacer, en lo que tenía que hacer, en cómo lo podía lograr. Se hundía en los pequeños vasos de cristal, una y otra vez viendo su reflejo en el mismo vidrio. Hasta que llegaron ellas.

La tocaron por la espalda; ella se viró y las miró directo a los ojos. Volvió a sus shots. Ahora la empujaron. Le preguntaron que quien era y qué hacía ahí.

Ella no quiso responder y una vez más se giró.

La primera fue Johana, tenía tatuajes y el cabello teñido de rosa, se mostraba vulgar aunque se creía inteligente. Se le escuchaba por todo el bar reír a carcajadas como si de una prostituta en un burdel se tratara. Kristine fue la segunda, sin una gota de maquillaje, con un aspecto de niño, delgada, ojos azules y cabello corto, hacía burlas acerca de Deborah, de que estaba ahí sola, de que no tenía que estar en ese territorio, hablaba de ella por todos lados para hacerla quedar en mal con todos en ese bar.

Seguían las hipócritas de las tres Anas que habían y que entre servían los tragos y conocían a todos, le decían a Deborah, no les hagas caso; mientras que por otro lado, en la cocina se escuchaba cómo hablaban de ella.

Deborah seguía pensando… no eran claras sus intenciones, no sabía el rumbo que tomar, pero necesitaba “no estar”, estaba cansada, harta y se le hacía injusto que por ir a un bar sola, unas cuantas hablaran de ella, por lo poco que sabían.

Jessica , Mia, su hermana, una tal Fay con un desmesurado atuendo estrafalario y vulgar como ella, con la sonrisa fingida y dolida porque no valia nada y nadie la miraba siquiera y Laura siguieron. Se mostraban ante todos con su pose de modelos, de fotógrafos, de la última moda, cuando en realidad no tenían nada, ni altas, ni el cuerpo de una modelo, y los jeans ajustados que dejaban entrever la celulitis de sus cuerpos, de sus abdómenes.

¿Por qué se comportaban así?

Deborah no lo lograba comprender. Llegó Felicitas junto con Lisa y una botella de Jägermaster, la rubia pálida, llevaba más colorete que un payaso, todo porque su máquina de bronceado se había estropeado y era la hermana perdida de un actor, a quien en cuyo caso, apenas y se conocía. Pero los ojos marcados en negro con ropa en animal print, eran más que los de una “puta de categoría”. A las risas, irónicas por supuesto hablaban de Deborah y de su comportamiento aislado en el bar.

Deborah sólo escuchaba y escuhaba los ecos de esas voces que daban en su espalda, que entraban por sus oídos y hacían que se sintiera peor. Llegó a la conclusión de que no podía continuar así, si estaba más ebria, no podría pensar ni actuar como debía.

Se sentía triste, acosada, tenía un ataque de pánico, pero en realidad aunque ella no lo sabía era un ataque de ira.

Estaba harta de que se le criticase por quien era. Llevaba puestos unos pantalones negros ajustados y un corsette con encajes, rosa en combinación con los pantalones. Una ligera chaqueta y aunque ella no lo se percatara, se veía despampanante. Por ello muchos de los hombres llegaron hacia ella y la abordaron, pero ella seguía hundida en ese reflejo. El perfume con notas de orquídeas se notaba cuando inclinaba su espalda hacia atrás en cada trago, con sus rizos al aire, con sus ojos cerrados, ahora deslumbrantes, pestañas como alas de mariposa y los labios más sensuales que se puediese haber visto jamás.

Sólo se centraba en esos pensamientoss y en esa ansiedad que le carcomía las entrañas. No quería saber nada más, ignoraba a los hombres a su alrededor. Quizá por eso las risas de aquellas mujeres, y las burlas de quienes no la conocían.

Quienes no sabían lo que les esperaba.

En uno de los últimos tragos, se quedó sumergida en el laberinto que representaba su figura reflejada en el fondo del vaso de cristal y ellas regresaron.

La tomaron por la espalda y le preguntaron de nuevo que, qué hacía ahí, que no era su lugar y quisieron darle a entender que no querían perder su lugar; claro, lo dieron a demostrar con su inseguridad, no querían que alguien mejor que ellas se interpusiera en su “territorio” como si de una lucha en la selva se tratara o de un territorio en dónde corrían las drogas, la cocaína por kilos y la marihuana en todo el aire que se infiltraba por los pulmones.

Deborah se cansó de esta situación, no aguantaba, no quería hacerlo, pero se sentía presionada; escuchaba todas esas voces y no quería más de lo mismo. Tenía que terminar con esto y pronto -Se decía a sí misma-

Entonces se levantó de ese banco, acomodó su sombrero y fumó la última bocanada de su cigarrillo, lo tiró al suelo con duela de madera y entonces con sus tacones de 12 cm lo apagó, viendo hacia el suelo.

Estababa nerviosa, sus cigarros siempre estaban dentro de esa chaqueta así que introdujo su mano, y suavemente sacó de su chaqueta un revolver. Plata, con una cacha grabada con sus iniciales. D.I.

Se puso de pie firmemente y con la sola mirada retó a las tipas marchitas ahora por el pavor, por verla, no molesta. Peor que eso. Sin una sola imagen en su rostro que demostrara alguna de las emociones que sentía.

Se encontraba harta, no podía más con esas risas fingidas, con esa soledad, con las burlas de vulgares mujerzuelas.

Sentía el peso del revolver en sus manos frías y sudadas, el frío del metal contrastante con la suavidad de su piel. El aire era denso y el tiempo se había detenido. Los efectos de las drogas y el alcohol en todos había pasado y al centro del bar se veía la barra y una chica de pie con un revolver plateado, cabizbaja, pero con brillo en sus ojos, en los que se reflejaba la misma imagen de aquellas que la acosaban y la querían fuera de ese lugar.

Tan importante era para ellas, que por una noche no la dejaban en paz, tan importantes eran los hombres que se acercaban a Deborah para conquistarla que ellas la odiaban, con tan sólo verla.

¿Envidia acaso?

Ya no soportaba más, las combinaciones con los medicamentos y los tragos la habían knockeado, en realidad seguía pensando que no quería terminar así. No hablaba. Sólo se veían sus labios en un tono rosa. Inclinó la cabeza hacia un lado y en ese momento apuntó hacia ella misma. Su sien era tocada por ese pulido metal.

Y por primera vez habló.

-No van a hacer que termine así- Dijo como una advertencia-

Y una sonrisa diabólica salió de sus labios. No temblaba. Ahora ya tenía la solución a lo que se había estado planteando por tanto tiempo.

Decididamente tomó otra dirección, caminó hacia una de las paredes del bar, dónde se encontraba un juego de dardos. Con el revolver hizo unas señales, queriendo que poco a poco se acercaran, una por una, o en grupo, daba igual, las quería con ella.

Todos estaban asombrados, no permitían la entrada con armas al bar, pero a ella no la revisaron, simplemente llegó temprano, sola y bueno,  se sentó a beber en la barra.

El miedo se hizo presente en el mismo ambiente, se sentía denso, una bruma que cubría los intestinos de todos que miraban. Deborah no mostraba ninguna actitud agresiva, pero tampoco era pasiva. Ahora estaba actuando.

No iba a permitir que alguien más hiciera que su vida se acabara y que le hiciera temer más el lugar dónde ella quería estar. Se estaba enfrentando a sus miedos y a sus enemigos.

Una por una las acorraló, con las rodillas  golpeó en el estómago a varias mientras tenía apuntando con el revolver a otras y otros para que no se acercaran. Las hizo caer al suelo. Y las puso contra la pared.

Le irritaba ver esos cabellos mal teñidos y mal peinados, sucios, no lo toleraba. No quería que le quitaran lo que era suyo, lo que le habían regalado. La angustia había sido reemplazada por coraje, por un tipo de venganza hacia extraños.

Las pateó una a una siendo más déspota que fuerte. No las toleraba y se dió cuenta de que en verdad, era mejor de lo que había visto, pensado o sentido. El miedo se había ido. Se sentía liberada. Pero en una de sus manos sostenía ese brillante objeto, entre sus brazaletes y anillos.

Sin embargo lo que más brillaba en ella era esa mirada, que a pesar de todo, no estaba perdida.

Uno a uno, todos los que permanecían en el bar fueron saliendo; no importaba. Deborah sólo estaba consiente y sólo le importaban las que se habían burlado de ella, las que habían hablado de ella.

Por celos, por envidia, sin saber de sus pensamientos y sólo porque se veía mejor que ellas, pero sin conocerla, también porque sabían que ella era mejor que todas juntas.

Con más fuerza las pateó y hubo incluso algunas que se desmayaron del dolor, se podría decir que con esas botas y esos tacones, podría provocar una hemorragia interna. Otras simplemente estaban tan asustadas que no se podían mover.

Tomó de nuevo el revolver, hizo a un lado su cabello e inclinó su sombrero y apuntó a su sien, sientiendo el frío de una muerte pronta.

Les preguntó de esa manera:

¿Esto es lo que quieren?

Y hubo algunas que dijeron:

- Sí, ya acaba con esto perra desgraciada.

-OK – Dijo ella-

Y entonces alejó el revolver de su cabeza y quitó el seguro, se escuchó un ligero sonido entre el más perturbador de los silencios.

Apuntó hacia ellas y una a una las dejó empapadas en la sangre una de otra, les apuntó directo a la cabeza, no falló en ningún tiro. Calleron muertas ante sus pies.

En realidad era lo que querían, ellas lo dijeron, cuando vieron una escena cercana a la muerte. Más no se percataron de la astucia de Deborah, que en ningún momento dijo que se suicidaría, sólo hizo alguna mención a la muerte.

Acabó con ellas, ellas que la habían insultado y perturbado más. Pero al acabar con esto, se sintió aliviada, porque ahora ya descansaba de pensamientos, había matado a las cabezas, las mentes, y la suya era ahora libre. Para seguir, en un bar, que quedó con cadáveres y ella, siguiendo bebiendo en la barra, disfrutando de su soledad y sin ser interrumpida. Regresando pronto a lo que era ella. No lo que fue esa noche.

Puso algunas monedas en la rockola y viendo los cadáveres por última vz en esa noche dijo: Por mí y por lo que valgo.

Adiós.

Y salió con el paso más firme que jamás había tenido, se dirigió a su casa, decidida a descansar, guardó el revolver y mantuvo esa noche en secreto, como un triunfo, una venganza, no había cometido lo que temía, había podido encriptar esos miedos que vendrían y se sentía por fin como lo que era, lo que le habían hecho sentir y se recuperó.

Todo gracias a quienes le quisieron hacer daño y a quienes tuvieron el peor de sus castigos. Ser enfrentadas y amedrentadas por alguien a quien en algún momento vieron inferior.

Get off- The Show is Over-

-Dijo y sin más. Así terminó.

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Cuervos

Marzo 25, 2009

La montaña lloraba sangre mientras los lamentos de las ánimas que pupulaban en peregrinaciones, tan sólo querían expiar sus culpas.

La acidez de sentimientos; de aquellos que alguna vez sintieron placer ahora eran presas de sus propios tormentos, del pasado que los condenaba sin darse cuenta de que ellos mismos ataban esos grilletes en sus muñecas y tobillos.

El aliento de los suspiros se había extinto y ahora sin aire que respirar, se encontraba un remolino salido del propio cielo, de alquien que los vigilaba, quien en un grito hizo que vidrios de las ventanas se quebaran y entraran por los ojos de los tuertos; el mar sucumbió ante las plegarias y encolerado sacudió a la montaña y a quienes se encontraban en ella. Las lágrimas de sangre ahora eran ríos de fuego que la boca de la montaña que escupía con asco y desilusión de lo que había pretendido ser o tener.

Todo había sido una farsa; la peor de las farsas era haberse encontrado con quienes cometían esos “errores” los  mismos que disfrutaban de tales y después afligidos se flagelaban con coronas de espinas y látigos; los mismos que antes habían usado, no sólo en sus fantasías.

La tempestad se desató ante la furia de los dioses y así hizo desaparecer la montaña para no hacerla sentir nunca más y como en otras civilizaciones quedó recordada, cómo lo que fue, por sus habitantes, por sus hábitos y por la maldición que los tenía más que hundidos en el mar de lava, carcomidos por gusanos y con la carne hervida por el arrepentimiento y los pensamientos del “…Y si hubiera…”.

Pero no hubo más rendición, ni escape, todo se hundió y esas almas afligidas quedaron apagadas, calladas como las flamas de las velas en los candelabros que nunca más se utilizaron para la última cena.

Lo que se recuerda es la montaña, aquella montaña llamada de Los Cuervos, de esas almas con caretas y disfraces, sin luz, de esas mismas que aprovechando su ventaja, hundían sus deseos en lo profundo de otros ojos, mientras el viento sólo arrebataba llantos y clamos, súplicas que ahora sólo se escuchan en tardes, cuando alguien busca el arrepentimiento de aquello que sabe que hizo mal, cuando recuerda a la montaña sangrante, cuando los cuervos por sueños le persiguen.

Cuando los cuervos surcan los bosques y las colinas croacando… asustando a los arrepentidos. Haciendo memoria de lo que un día pasó, y de lo que podía pasar; de ese miedo que muchos tienen, pero que no se atreven a enfrentar.

Mirar a un cuervo en ese camino, mirar sus ojos de fuego, su brillante plumaje, temblar de miedo y no bajar la mirada, pues puede que sea una de esas ánimas y te lleve a las tinieblas y te impida disfrutar de los placeres que disfrutarás; tal vez, si llegas a estar vivo, de nuevo.

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La Reina Celta

Marzo 15, 2009

Ella se viste de verde
Sus vestidos son la misma joya de la isla.
Se esconde de entre los árboles del bosque.
Y en las ramas se escucha el susurro de su nombre.

Las luciérnagas reposan en su cabello
Formando así una corona dorada.

Cuando cae la lluvia queda
su aliento; imprengnado de melancolía.
Las colinas silban su nombre.

Las noches con estrellas son súbditas
ante su belleza.
Entona canciones con el arpa
que lleva debajo de su manto.

Ciega a mudos.Y enloquece con vicios.
Adorada y abnegada.
Olvidada y siempre recordada.

Carga una daga envenenada.
con empuñadura de cuero y oro.
Atada a su cintura.

Vigila silenciosa a las gemas preciosas.
Sus hijas, hadas tintineantes, amantes juguetonas.

Camina sonriente con su mirada fija
A los 4 puntos que dan al mar.
Busca la tristeza.

Y así roba almas que rondan en pena.
Matando corazones que silencian amores.

Abre puertas a lo indescifrable
Otorga oportunidades a lo imposible
Y da bendiciones a quien cree en ella.

Ella es la reina y otorga más que felicidad.

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Parque de Diversiones I

Marzo 8, 2009

No todos nos divertimos de la misma forma, no todos percibimos la diversión como tal, incluso en uno de esos parques, en una de esas ferias, en las que las emociones se desbordan y se distorsionan.

¿Quien no ha estado en uno de esos parques me pregunto?

o

¿Quien no? – Mejor dicho.

A mi me ha tocado estar en la Rueda de la Fortuna, dentro de la Casa de los Espejos.

Otros han preferido estar jugando en los casinos, apostando.

Unos sólo bebiendo, algunos más en la silla voladora y los que más en la montaña rusa o en las llamadas casas del terror.

Las emociones y sobresaltos se hacen presentes, el ruido no se nota y todos hablan a gritos sin darse cuenta. Todos están enfurecidos y cómo no haber de estarlo.

Cuando se está dentro de un juego. Cuando los juguetes somos los que estamos dentro, cuando con nosotros se divierten, con nuestras emociones, con nuestros sentimientos, con nuestro tiempo y dinero. Con los amargos sinsabores de recuerdos en la piel, con los atormentados reflejos que no queremos ver, con el tempestivo aire que agita el cabello, mientras subes a algún juego, en el que das vueltas y vueltas, girando más y más, cuando la tempestad de risas desde afuera cae sobre nosotros, niños, no más que eso. Quienes no han podido escapar.

Se ha visto el fuego en el cielo y las estrellas chocar, eclipsadas por la pólvora.

Un parque de diversiones, una vida, la de muchos, y los sentimientos que esconde cada juego, dentro de nosotros y quienes nos miran y/o pueden manejarlos o manejarnos, quizá a lo lejos. Esas miradas brillantes que no alcanzamos a distinguir por el eco de los mareos, las distorsiones.

Ahí están.

Ahora, dime ¿ lo has sentido?

Esto es sólo una pequeña introducción.

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