El Miedo

enero 14, 2008

Al ir caminando por calles tan iluminadas en un frío consumiente, más no escalofriante, viendo imágenes pertenecientes a mis pensamientos, imágenes de un pasado, confundiéndose con las imágenes de este presente, en las que me envolvía el tiempo persiguiéndome con sus pasos agigantados, como cuando niña.

Aún recuerdo aquel incendio, un día antes de irnos de la Casa Grande y separarnos para siempre, vi como en esos pisos de mármol, con esos barandales de cedro se destrozaban por ese calor, ese fuego que me iba pronto a consumir si no salía de ahí, yo yendo arriba y más arriba, porque en cada escalón que subía, este anterior se deshacía, y era demasiado sufrimiento, verme envuelta en llamas, perdiendo a mi familia, y perdiendo mis posesiones más queridas, perdiéndome incluso a mi. Hace tanto de aquello….

 Ahora parecía que caminaba incluso corría entre la gente, pero en realidad sólo iba en regresión y no podía hacer nada, las luces me molestaban y las risas de las personas con sus abrazos y festejos me dolían como si me clavaran por cada sonido una saeta en el pecho.

Caminaba una y otra vez, por esos senderos que muy bien conocía, pero lo quería dejar atrás a él, sin embargo cada vez me acechaba más y me vi envuelta en un remolino, todo giraba y giraba, las risas ahora eran muecas y parecía que se burlaban de mí, mientras yo, trataba de abrirme paso ante aquella adversidad, en la cual no reconocía a aquellos demonios.

Hice una parada y de pronto vi que me había perdido, estaba perdida en medio de lo que yo misma conocía tan bien, estaba lejos y no encontraba una señal, una salida, sólo venían esas imágenes a mi mente de lo que había pasado por aquellas callejuelas andrasojas y sucias para mí, dónde me habían robado, dónde me habían tirado, dónde había yacido caída tantas veces, dónde jugaron conmigo, incluso donde me ultrajaron y se aprovecharon de mí de las más viles formas que pueda haber.

Seguía caminando, negándome a ver lo que pasaba a mi alrededor, cerrando mis oídos ante esas mounstrousidades, pero mientras más caminaba él me hacía su presa y hacía que en mí, nacieran pensamientos oscuros y lúgubres para que no pudiera continuar, para que me sintiera cada vez más perdida y me rindiera ante él, como una súbdita más, como una más de su séquito.

Todo ahora estaba oscuro, era demasiado el seguir sin ver nada, era muy difícil, pero sabía que tenía que continuar, hacía mucho frío, y las miradas de las mujeres eran ácidas, las de los hombres eran por mucho lánguidas y retorcidas, queriendo acercarse a mi oído y decir algo mientras se llevaban un pedazo de mi, como era robarse un suspiro proveniente de mi cabello en mi cuello, de mi perfume o ligeramente rozar mi piel, entre una multitud de la que o quería escapar.

No quería estar ahí, no quería convertirme en eso, era escalofriante, era desgarrador, no lo soportaba.

Encontré un parque y me senté mientras todo era desolación y niños en el suelo jugando, yo saqué de mi cigarrera de plata un cigarro y lo encendí, el viento era muy fuerte, mi cabello volaba y yo temblaba, no sabía si era efecto del frío o de los mismos nervios que él provocaba.

Necesitaba pensar, necesitaba aclararme, pero no podía, él me invadía, y no lo soportaba, no podía más. Tenía miedo de perder lo único que me quedaba, tenía miedo de convertirme en algo más de esa ciudad que conocía tan bien y a la vez desconocía, en la que no quería estar y sin embargo estaba.

No quería que el ambiente me consumiera, no quería perderme en esa multitud, me quería a mi, ya me tenía, y no me quería perder, no quería de nuevo no poder encontrarme, no lo podía aceptar y no podía pensar, temblaba demasiado, el frío me calaba y mi cerebro estaba ya bloqueado. Sólo sabía que no quería ser parte de esa mezcla sin forma, en la que muchos están metidos y son sólo más un juego, yo no quería eso, ya había luchado por siglos contra esa carga, no podía más.

El cigarro me había quemado y de tanto frío no lo había sentido, hasta que quise llevármelo a la boca y vi que tenía llagas en dos dedos.

No quiero perderme, no quiero ser más su presa, no quiero deformarme y convertirme en algo que no soy, no quiero ser lo que no soy y que mi esencia se esfume, tengo miedo. – Me decía mientras caminaba sin un rumbo definido o eso creía –

 Y así fue como caminando llegué a un acantilado, hermoso, de noche, el viento me daba la libertad que necesitaba y ahí fue cuando me dí cuenta… todo era negro, parecía un inmenso vacío y yo, yo resplandecía.

Yo no era como los demás, yo no pertenecía a ese lugar, yo no era como ellos, yo brillaba y ya no tenía miedo de perderme. Estaba conmigo y me abracé mientras veía el resplandor que salía en ese abrazo en el que me fundía. Era YO y eso nadie me lo iba a quitar, lo era y así sería. Mi esencia nadie la quitaría. Y esta vez el miedo no me vencería.

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