Furia

febrero 5, 2008

Esa noche el viento azotaba las ventanas, tanto y con tal fuerza que hacían que aquellos antiguos vidrios se quebraran y cayeran al suelo ya en forma de pedazos cortantes.

La casa estaba vacía y tras la puerta abierta al corredor, se escuchaban las hojas secas que eran huellas de aquel que ya había pasado, de aquel que era el otoño, de aquel que se había ido para dar paso al nuevo visitante, más tenebroso todavía: el invierno. En el que se escuchaban los sonidos de tantos silencios apagados en la oscuridad y soledad de las noches, noches tan largas. Noches interminables.

Entonces se rompían, por los estruendos de esos viejos papeles desechados viajando entre volares por esas callejuelas sucias y abandonadas a la nada , vacías y ya sin vida.

No había ni una sola luz, la única presencia que había era a de aquel viento que destrozaba todo a su pasar, como un acongojado grito que se anuncia llegar cuando ya está ahí sin haberse anunciado a estar. Quería tener presas, quería a cautivos, quería asustar y amedrentar, quería que el tiempo no pasara y así matar a quienes eran los súbditos del sol y de las copas de los árboles tan frondosos, tenía envidia, furia, coraje y por eso destruía todo a su pasar. Era cruel, era un ser muy cruel.

Las dos velas estaban apagadas reposando en sus candelabros, sus flamas estaban extintas como si aquel viento furioso las hubiera dejado sin vida, esa misma luz que las consumía y a la vez las deformaba, pero aquello era su esencia su vida, el fuego era parte de ellas, aunque entre el mismo y el viento se oprimiera su existencia, y así de repente ese candelabro de oro marchito y sucio por el paso de los años se quedó vacío, pensando que sólo era menos que un triste recuerdo, dejado de desolación.

Aquella noche se supo de las intenciones del viento y del porqué sus actos malévolos. Esa fría noche de invierno.

No se sabe de dónde venía todo esto, todo lo que la furia de aquel tempestivo arremolinaba, pero se sentía frío, mucho frío, ahora lo recuerdo con más claridad, no tenía zapatos, ni ropa alguna que cubriera mi total desnudez, y el viento aquel no me acariciaba, me rasgaba con cara roce, eran arañazos, sangrientos y dolorosos, que iban arrancándome trozos de piel y hebras de mi cabello, arrinconándome contra algún muro, queriéndome hacerme presa suya.

Y no sé como de repente me vi en ese callejón, lo vi en ese callejón, fue un choque contra su temperamento y mi mirada tan penetrante, que se rindió y en ese instante me cubrió con una capa, queriendo aliviar mis heridas que eran ya más contaminadas por la basura que él mismo atraía, recortó mi cabello y entre su frío misterio llegó la calma, y mientras comenzaba la charla con aquél, de quien no puedo describir su apariencia (dado que no lo comprenderían) encendí un cigarrillo y conversamos por mucho, mucho tiempo.

Esto que acabo de relatar es de muchos siglos atrás, tantos que no se pueden contar, tantos que en las noches nadie salía a las calles, tanto que se descubrió como era EL VIENTO y como me convertí en su amiga, como lo conocí y como ahora, varias veces nos reencontramos para recordar y añorar lo que era el pasado en el presente que ahora ya es el futuro.