Pasado en el Tiempo

febrero 11, 2008

“El Tiempo no es sino el espacio entre nuestros recuerdos”

Henri Friedrich Amiel

“Una Mirada hacia atrás vale más que una mirada hacia adelante”

Arquímedes

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 El ir hacia adelante en la misma retrospectiva que da la vida, no es atraso, puede significar avance, pero como en el cuento del “Traje del Emperador” sólo algunos lo podrían comprender, por lo menos en este caso.

La vida se vive por un pasado, ya que sin ese pasado no habría este presente, ni seríamos ( con todas nuestras faltas o/y errores lo que somos ) para bien o para mal.

Lo consagrado (si es que se puede utilizar esa palabra) radica en que podamos descubrir, ese pasado que conforma nuestro presente, porque no SIEMPRE el futuro está en nuestras manos, ya sea por azar, o por aquel que llaman Destino, por malas o buenas intenciones así como por nuestras propias acciones.

¿Para qué ver hacia un futuro inexistente? Cuando nos hace falta reencontrarnos tantas veces con nosotros mismos y conocernos realmente, para así abarcar las reglas y fundamentar las primeras bases de lo que es el desconcertante y vano futuro.

No hay nada escrito, no hay reglas, ni por mucho que los astros guíen que marcarán todo, tal y cual va a pasar, o si se tiene la certeza de algo que ya ES sin serlo todavía; siempre habrá algo SERENDIPITY que  recordará lo que estamos viviendo como en dónde nos encontramos y si se comprende hará reflexionar y ver que no todo estaba, como ya lo ha estado.

Como consiguiente resolución: lo Primero es el Pasado y lo vivido es el presente como lo Inexistente es el futuro.

Frío Sangriento

febrero 11, 2008

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Todavía es invierno, los árboles están blancos, llenos de nieve aún hecha de escarcha, de hielo ya mal formado, todo es blanco y lastima por la propia luz que refleja e ilumina. Todo es soledad, se siente la angustia del jamás. Y yo sólo veo salir sangre de mi boca, escupo sangre y por primera vez no me gusta, tengo espejos y los colecciono, más no logro ver mi identidad, y la sangre que estoy consumiendo es la propia y me disgusta el sabor amargo, y al escupir, en las paredes quedan con gotas de saliva alguna vez humana, de un cúmulo que se entregaba al deseo y la pasión, de esa sangre que provenía de mis ancestros que ahora calma mi ansiedad al hincar un colmillo en mi muñeca izquierda, mientras siento que no tengo fuerzas para tomar aquella navaja suiza con tan filo que brilla, que deslumbra, que hace maravillas.

Pero sigo prefiriendo los espejos, me aterran, pero me busco, sin encontrarme, sin verme, sin saber como soy, ¿alguien me ve? Pues yo no.

Tomo uno y lo quiebro, las imágenes que reflejaba se vuelven miles y como miles de pedazos se entierran en mis pies ya descalzos y duele, pero lo prefiero, que sean parte de mí a no ser nada entre ellos. Y así nos volvemos uno, entre dolor, sangre y desesperación.

Todavía siento frío y estoy cubierta con una túnica de seda roja, un rojo carmesí, que juega con mis labios aquellos rebosantes de besos no dados y de besos ansiados como deseados, esos, mis labios, con su color y mi palidez, ya no mi piel blanca, ahora estoy muriendo o eso escucho decir a esas voces apagadas y calladas que vienen del pasado y ya no espero un renacimiento, como muchas veces antes lo tuve, estoy muriendo, ya me lo han dicho.

Tomo un abrigo negro y descalza salgo al balcón que da hacia aquella avenida ya despoblada, por dónde reina un vasto y llano como amargo pesar, como mi compañera la Soledad, y a lo lejos veo esos ríos que están llenos de mí, de mi ser, de lo que fuí, de lo que no seré, porque ya lo fui, y los veo teñidos de rojo, aquella que era mi pasión por la vida, y ahora yo misma envenenada sufro, al pasar de las horas por no poder morir y ver que esas palabras como muchas otras han sido vanas, huecas, vacías y por supuesto, totales mentiras y ahora sólo queda yacer en el amargo oscurecer de cada amanecer, escondida, encerrada tras vitrales que muestran figuras de demonios que son ya ancestrales y con un bastón de plata, los rompo con toda la furia y coraje que en mí se desata.

Ya no quiero esto.

Nunca lo quise.

No puedo morir.

Ya no quiero renacer.

El humo proveniente de un cigarrillo que saco, dentro de una cigarrera de plata, mientras estoy en el salón con mis invitados, con las piernas cruzadas y yo sin zapatos, descalza. Riendo. Con los pies sangrando y goteando en las alfombras. Y de repente todo se esfuma, como el humo, así de rápido se desaparece, porque no hay nada, no había nada, eran olvidados y vastos recuerdos que se confunden con vivencias que anuncian la locura y yo en una sonora carcajada me burlo de esto mientras camino por el sendero que conduce al tan aclamado bosque con esa luz irradiada de aquella trémula nieve y de nuevo, una mordida, y chorros de sangre, escurriendo por mi boca, saliendo de mis labios, marcando mis blancos dientes de un tono rojo y me veo reflejada entre la misma sangre, entre MI misma sangre, mi pasión ya ida de mi cuerpo y de mi propio espíritu y veo algo gris y borroso, que marca las gotas que delicadamente van cayendo de mi boca y así vuelvo a recordar aquel bosque, en las noches, con esa luna que me ha sido arrebatada y que ahora ya no es nada; ahora blanco, no seco, no vivo, no muerto, sólo en reposo y espero, porque sólo queda la espera de lo que será para alguien que no tiene libertad; sólo veo demonios a mi alrededor y la eterna Soledad, cuya compañía no me agrada, cuya misión no es conmigo y le hago llamar a la muerte, pero esta sólo se ríe siniestramente diciendo:

– Muerte ¿ Quieres muerte? Pero si ya has fallecido DOS veces.

Y me retuerzo de dolor, de asco, de este mundo y de mi misma, por no poder cambiar, por no poder morir, por ser alguien más, por ser quien fui y que ya no volverá; pero no como aquellos, sino tan especial que se convirtió en la Sombra de la Misma Soledad, inspirada por la Sangre, el Frío y la Oscuridad.

Arboles Nacidos en el Mar

febrero 11, 2008

La oscuridad se mece entre las olas del profundo y abismal mar, la luna lo acompaña siendo la ejecutora de sus movimientos, de esas tempestuosas subidas como calmas bajadas, que siendo a veces tardías provocan muertes inusitadas.

La luna es quien provoca como sigila aquel malestar, aquellos movimientos del oleaje, en dónde ha crecido o descendido, ese… el mar.

La noche reina en su silencio, se siente el frío, el mismo frío del silencio invadiendo todo en derredor.

Se escucha una alegre tonada que evoca la dulce voz de una melancolía, abandonada, gris, temerosa como frágil y asustada.

A lo lejos de aquella estación se escuchan rumores, entre el viento y su pasar, que van diciendo algo sobre árboles con sus copas colgadas en el mar, aquella voz, siniestra como elocuente, de la que nadie conoce el mismo acento, ni siquiera su acertividad, es perteneciente a ella, su diosa enterrada viva entre las más furiosas olas, dentro de la más profunda arena, dentro del mar, una sirena errante, buscando un bosque y su llanto, más no su canto, son ciertos susurros que se escuchan en el lejano pasar, como cual tristes gaviotas en un majestuoso y tenso volar, sin alas, sin vista ya.

Entonces se denotan ellos que se han cruzado con el viejo, el triste y muchas veces furioso mar. Pero ellos no pertenecen a él, pertenecen a los mismos árboles, que han nacido del vientre de aquella mujer ya acaso inexistente.

Los ríos siguen su cause, siguen pasando por esos conductos, aunque desde mucho atrás estén secos y no tengan ya nada que otorgar. Aún persisten y los árboles en sus ecos los reconocen, cuando son iluminados por las luces de aquellas luciérnagas escondidas en esos bosques, junto al mar; árboles nacidos en la temida oscuridad, palidecen cuando de sus ramas cuelgan cabezas que ya no han de pensar más, pero que sigilan a los cuervos, cuervos de la noche, gaviotas del día; mientras esos ojos de mirada retorcida los ahuyentan clavando dagas y puñales para que no los coman, y así puedan liberarse de su agonía: el poder todavía observar, sin ya poder ser, mucho menos estar.