Una Bailarina

julio 13, 2008

-Mis piernas no pueden más, están cansadas y adoloridasDecía ella-

Ahora no es por el caminar, es por una danza, una bailarina que va descalza, una bailarina que hace casi quebrantar sus huesos y sus llagas se ven a través de la blancura de su piel. Traspasando sangre vuelta en coágulos internos atorados en su venas, como arterias.

Una bailarina que está cansada, porque hace piruetas, tan singulares que el cuerpo ya no respeta a las reyes gravitacionales.

Crosié en aviant

Croisé en arrière

Una y otra vez… vueltas, y más vueltas… giros en los que no podía pensar y menos sostenerse.

De repente todo se volvió negro entre millones de luces de colores y cayó hacia la duela, que parecía de acero, pero que era sólo un escenario; más cuando levantó la mirada, se percató, que sus tobillos estaban destrozados y había hecho todo ese esfuerzo en dar lo mejor de sí, dentro de un adagio, con un ímpetu de allegro, sin darse cuenta que era una pieza romántica…  cuyos actos eran incontables por el cansancio y el dolor de los huesos como del esfuerzo.

Cuando cayó y abrió los ojos a la realidad, vio que en verdad no había música, no había luces, ni acompañantes, ni siquiera había un púbico y eso fue lo que más le dolió, esforzarse por tanto, cuando en verdad no había nada más que en su propia mente y no había servido de nada el esfuerzo que había hecho.

Ahora la duela estaba manchada de sangre y los huesos estaban quebrados, más el dolor que sentía, el más profuso, es que no se había percatado de nada, por no abrir lo ojos y ver que en realidad estaba sola y al encontrarse con los tobillos, como los dedos quebrados, su carrrera había llegado al final, sin ni siquiera tener un comienzo.

Sólo sabía que era una pieza de ballet romántico y como en todas las obras de ese género, siempre terminan en tragedia.

Ahora no podía levantarse, y estaba sola, en medio de la oscuridad, sintiéndose derrumbada y caída como lo estaba ya.

Cerrando los ojos y escuchando la “Muerte del Cisne” entre ropas blancas que estaban ensangrentadas ya y que implicaban un final… para una bailarina, que pudo obtener lo mejor, si hubiera sabido lo que había en la realidad, porque ahora ya no había porque luchar, ahora sólo podía llorar, sin levantarse, tal vez para nunca jamás.

No sé supo nunca de ella jamás.

Y sus pasos como la música de Tchaivosky, todavía se escuchan por las noches lúgubres de ese teatro, con telones rojos y arañas en el techo, sin saber, si esa fue en realidad una bailarina o el espectro de alguien más.

Este Verano

julio 13, 2008

Los veranos de hace algunos años eran diferentes, aunque leyendo ciertas letras parecen o evidentemente son iguales.

Hubo una vez que escribí algo que se llamó “Días de infierno y Noches Gloriosas”. Era una dedicatoria… y mi muerte. El sol me consumía como el calor y las fiebres, pero por las noches era diferente y lo dije.

Llegaba (él) y me cambiaba todo el sentimiento que parecía insufrible ya. Todavía lo recuerdo. Hoy por hoy hay frío, llueve torrencialmente y mis pies descalzos se llenan de fango como de heridas pulzantes y sangrantes.

Mentiría si dijera que no me duele.

El espacio y la lucha parece que se acabó, aunque no me gustaría darme por vencida. Tuve que regresar a recuerdos dolorosos, a ciertos lugares,  entre los cuales veo cristales en donde no me reflejo, tiendas y restaurantes que existen desde siglos atrás, Dónde alguna vez fui feliz entre lágrimas y marginaciones.

Ahora ya nada me importa, sustacias que me son prohibidas, enfermedades, dolores físicos como emocionales que provocan las remenbranzas de un ayer que se han convertido en un hoy. A veces me parece insoportable esta sensación.

Hace frío, en verano, ese frío de muerte que me ha colapsado, incluso por días enteros. Sólo perdiendo lo único que he tenido. A mi misma. Girando y cayendo dentro de un laberito en forma de espiral, en el que no veo una entrada, ni mucho menos una salida.

Ahora no lo tengo a él. O tal vez sin darme cuenta sí.

No me refiero, a, que esto se haya acabado por él. Todos me dijeron que  no me convenía, por las lágrimas… pero ahora veo que no lo puedo alejar, porque no está. Y me hace falta.

Me siento al borde de un abismo, el cual es tan profundo que no puedo ni siquiera vislumbrar una caída, ya que desde ese puente, la neblina, o nubes quizás, se interponen ante mis propia vista.

No estoy deprimida, estoy muy triste y me siento vieja. Mi cuerpo no denota mi edad. Mi rostro mucho menos; o eso han dicho.

Las inundaciones de este verano, las han provocado mis lágrimas…

Las noches parecen incendios, atormentando mi mente, sólo cuestionando el porqué de muchas cosas, remontándome a mi infancia, a mi adolescencia y a mi cambio. A mi muerte.

¿Por qué ahora no piedo morir?

¿Por qué mi organismo no reacciona como lo debería de hacer ante una persona “Normal”?  Sí, lo sé, es una maldición la inmortalidad, pero no la busqué. Sin embargo ella se llevó todo mi pasado, mi felicidad y mi personalidad. Ya que la que escribe esto, no es la de años atrás, esa mujer murió y se convirtió en alguien que no se puede ver, que sufre por un pasado, tratando de encontrar en él mismo respuestas.

Mientras camina por los bosques y se empapa con la lluvia, con la ropa hecha jirones, y descalza… siempre buscando, siempre pensando… fundida en libros y letras, en pinturas, tratando de hacer un autoretrato de lo que podría ser, más si maldición es no poder verse, incluso reencontrarse.

¿Cómo poder completarse?

P.S. Extraño esas noches de gloria… te extraño.