Ambrosía

septiembre 15, 2008

Los cajones han sido llenados con fragmentos de pensamientos inconclusos, con pedazos de lamentos que no han sido escuchados.

Se sugería tanto que se alcanzó la felicidad, entre un abrumador ruido de voces, mientras lo único que se reflejaba era tu imagen en la mía.

Un beso helado de fresa y una salida como un reencuentro futuro, una esperanza de la que siempre se hablaba, más que nunca se tenía. El tiempo se detuvo y dentro de los relojes seguimos corriendo queriendo alcanzar las manecillas que no marcaban más que las 6:00 P.M. dando así una noche llena de fuegos artificiales y corriendo entre círculos, perdiéndonos uno en el otro, entre risas y llantos…

El vino rondaba por la cama y la alfombra gris, los brindis entre el frío y la lluvia se hacían presentes y el humo de un incienso o de un cigarrillo nos envolvía, como me envolvían tus brazos cuando una tormenta aparecía.

Corriendo entre charcos bajo tempestades eléctricas, cuando hacíamos un ejercicio para agilizar la mente, cuando una misma vela de fuego se consumió sin encender su flama siquiera, porque me fui, sin darte una explicación o dándote muchas, pero sin entender nunca ninguna, ni tú, ni yo.

Ahora sólo quedan los recuerdos persistentes en el olvido de la memoria, en el subconsciente y espero que esta sino es una oda, sea lo que ya no me haga sufrir por no estar, por no ver, por haber perdido, sin haber apostado.

Los telones carmesí de la función en aquel teatro se han bajado y la sala se ha vaciado, una soledad compartida, que se hizo más grande quedó hecha trizas, para finalmente desmoronarse y perderse entre el aire, para después ser mezclada con la lluvia y perderse entre las rejas, entre tus mismas rejas.

Hoy, Hoy… me pediste que estuviera a tu lado, y ahora no estoy; no estoy segura, ni se en dónde estoy.

Los pensamientos surrealistas de dos seres que cohabitan entre las letras y que se unieron más que ninguno, han desaparecido y yo, como muchas veces más, me he escondido, para no sentir más dolor.

Recuerdo tu espalda en esa noche y cómo me cubría detrás de ti, recuerdo tus manos artísticas  y las caricias que me dabas; tengo todos los regalos que me diste y recuerdo los que guardaste cuando también me perdiste.

Recuerdo tu furia y recuerdo tus direcciones, los flashes y las hojas blancas que sólo se escribieron a la mitad.

Los charcos mientras mis zapatos se hundían y nos empapábamos, mientras tomabas mi mano al cruzar una calle y cuando el sabor a chocolate se fundía en el frío con lo que más disfrutábamos a nuestro alrededor.

Tú eras el mejor y yo lo era también… por lo menos para nosotros dos.

El cambio siguió entre las manecillas del reloj entre el que nos encontrábamos, en el que nos perdimos y no nos pudimos alcanzar más.

El reloj siguió marcando las 6:00 P.M. hasta que no soportó nuestra presencia que el algún momento se convirtió en un cambio y se formó una ausencia, en la que ahora nos encontramos.

Las Mentes

septiembre 15, 2008

Digamos que existen dos tipos de mentes poéticas: una apta para inventar fábulas y otra dispuesta a creerlas.

Galileo Galilei