Un Temor

junio 26, 2008

No podía respirar, el frío me inundaba y la sangre se agolpaba a borbotones dentro de mi nariz.

Eso era lo que significaba como implicaba el no salir, el no poder obtener lo que ya me pertenecía.

Esa, mi amada libertad.

El daño que producía el propio miedo al estar ya oscureciendo dentro de la mística y prístina luz que significaba un despertar, un amanecer más.

La cegadora llegada de la hora que tan ansiosamente esperaba, para que no llegara jamás.

Estando dentro de la oscuridad poblada, como infectada por voces y la soledad iluminada por una luz que aún no aparecía o quizás no veía… ya que no podía más observar.

Mayo 19/2008

Amanecer

enero 31, 2008

Era una madrugada muy fría, la chimenea estaba encendida al pie de la cama de la señorita, ella estaba en su cama.

En aquella cama que habían hecho especialmente para ella. Su madre, una excelente dama de modales muy refinados la había mandado a diseñar con un carpintero y un artesano fránces, la cama era de cedro rojo y tenía cuatro pilares, así como majestuosas telas que hacías las veces de cortinas o de pabellones, todo alrededor era blanco, sus cortinas eran de brocado dorado, que cubrian ventanales de más de 3 metros de altura, que ocultaban un balcón, con una mirada hacia una de las avenidas más visitadas de aquella vieja ciudad.

Aquella señorita, estaba recostada, con los ojos abiertos, observándolo todo, pero sin poder hablar, sin poder moverse. Estaba enferma.

No sabían la causa de su enfermedad, pero ese día fue algo muy doloroso para ella. Estaba sufriendo mucho, estaba en cama, inválida, pero plenamente consciente, no podía dormir a causa de aquellos dolores, por lo que la medicaban con gotas de opio, mezcladas en agua con azúcar para que las pudiera tomar, se las daban por cucharadas, ya que ella apenas y podía abrir la boca, los dolores eran inmensos, no los soportaba, su cuerpo no respondía, no era solamente sus piernas, no podía mover ningún miembro, ninguna de sus articulaciones.

Pero eso no quitaba su belleza, su belleza tan nítida, ahora oculta en el mundo, porque la familia que era de un gran abolengo no quería que se enterara de lo que en esa habitación estaba sucediendo.

El dolor en el cuerpo era tan fuerte que no podía tener ni siquiera ropa puesta, así que no la cubrían con nada, no habría más corsettes, ni fajas, si sombreros para dormir, más que un camisón suelto y de una tela muy suave, mientras era presa de fiebres tan turbulentas, que la confundían más, con el dolor, los efectos del opio y el frío del otoño conjugado con el frío escalofriante que provoca una terrible fiebre.

Sus padres no sabían que hacer, estaban desesperados, adoraban a su hija y no soportaban verla sufrir de esa manera, ver cómo una joven con tanta vida, con ese brillo que parecía un resplandor de sus ojos estaba perdiendo prácticamente su vida. La veían y recordaban esas noches de bailes interminables, con valses de Strauss y ella con aquellos vestidos traídos desde Francia, aquellas mantillas Españolas para diversas ocasiones, la graciosa sonrisa y las reverencias con las que siempre saludaba a quienes eran sus anfitriones. Veían en su habitación rosas, rosas de un color muy pálido, a ella eran las que más le gustaban, las rosas inglesas.

-Las rosas inglesas -decía- son mis favoritas, son lindas, tienen un aroma excepcional y su té es fabuloso acompañado por pastelitos con crema de almendras (mientras reía como si fuera un cascabel, así de feliz era)

Sus padres mandaron al cochero en medio de aquella madrugada por un doctor nuevo, esta señorita, veía y escuchaba todo lo que estaba pasando y tenía mucho miedo, amaba a la vida, era muy joven, era bellísima y todos le habían prometido un futuro más que flagrante.

Sólo movía los ojos tratando de observar a sus padres pero era inútil, no podía girar el cuello y las voces se confundían en su cabeza.

Llegó el cochero y con este una enfermera y una carta sellada con el nombre de aquel médico, en el que explicaba que mandaba a una de sus asistentes, que consideraba la más competente, y que lo que esta señorita necesitaba era una sangría. Sus padres lo discutieron, habían probado de todo, habían pasado filas de médicos y nada, siempre era el mismo resultado, ella seguía igual, y por su misma condición no podía viajar en un carruaje a Suiza para descansar y tener una mejor atención. Era demasiado el dolor, el viaje le quitaría la vida por completo.

Asintieron y del lado derecho de la majestuosa cama, abrieron las cortinas de un rojo carmesí, con galones dorados, y la asistente vio a la desdichada enferma, había varios sirvientes para ayudar a la asistente del médico, llevaban las navajas, varios platos, y telas, así como ligas para hacer los debidos torniquetes al terminar con la sangría.

Aquella pieza de ternura estaba invadida por el miedo y estaba realmente muy pálida.Su piel era muy delicada, era extremadamente blanca, sus venas se notaban por todo su cuerpo, pero eran muy delgadas y eso era un problema porque no podrían encontrar una vena lo suficientemente fuerte para sacar la sangre contaminada, así que primero estuvieron revisando el brazo derecho, y viendo la situación tan grave ante la que se enfrentaba la asistente, decidió que ese sería el brazo indicado. Pidió entonces la navaja y de un tirón cortó la piel que parecía inhumana a causa de su color y la tersura, pero no se manchó de rojo aquella blancura.

Un torrente de sangre salió casi por medio metro del brazo de aquella joven, no cayó sobre los platos que tenían previstos encima de la cama y las paredes, como sus preciosos muebles se tiñeron por las gotas ahora chorreantes de sangre. El flujo dejó de ser fuerte por momentos y así hasta que pudieron sostener el brazo para que reposara entre aquellos platos, uno, dos, tres, salía demasiada sangre y ella ya estaba casi en estado inconsiente. Hasta que su padre dijo que ya era suficiente, que la estaban matando y no se trataba de eso, su madre observaba desde uno de los sillones en la habitación pero era demasiado fuerte y la educación de aquella época no le permitían demostrar sus sentimientos en público así que sabía que no podía llorar, mientras sólo sostenía un pañuelo blanco entre las dos manos, apretándolo con mucha fuerza.

No pudieron mover el antebrazo de aquella joven, entonces vieron que ya no salía sangre y ella estaba con los ojos cerrados. La creyeron dormida, y pensaron que había funcionado. La sangría había funcionado hablaban los criados en la parte de abajo del chalet y estaban emocionados, tanto que pensaban hacerle un desayuno digno de una princesa, ya que la querían mucho.

La asistente se fue, aquella joven en realidad no estaba durmiendo, estaba totalmente inconsciente por la falta de sangre y sin darse cuenta dejaron que su brazo colgara de la cama, mientras gota por gota la alfombra antes del mismo color de aquellas rosas se volvía roja.

Pasaron los días, pasaron las semanas y ella no despertaba, sus padres le lloraban y no habían movido nada de esa habitación, más que las rosas que continuamente las cambiaban porque sabían que no le gustaban las rosas marchitas, ellos no se movían de su lado, sólo la veían, como dormía, inmaculada, bella y como su cabello seguía creciendo, muestra de que su salud estaba mejorando. Eso les daba un consuelo.

Hasta que llegó la primera nevada, era casi un amanecer, muy frío más que los anteriores, y fue cuando entonces la belleza abrió los ojos, despacio, lentamente y trató de reconocer lo que había a su alrededor, vio que eran sus aposentos, vió del lado izquierdo de su cama a sus padres que sonreían entre lágrimas de felicidad y ella después de mucho ella sonrió también.

Empezó a balbucear y pudo pedirle algo a su madre…. llegó su nana y entre las dos la levantaron de la cama, ella con un suave camisón de seda blanco y de manga larga y sus rizos color avellana, su piel que se fundía entre la tela, estaba dando sus primeros pasos, después de tanto tiempo. Hasta que llegó a su silla de ruedas, y pidió ver el amanecer.

Ver como amanecía entre el frío era una sensación sublime decía, ver como se une la nieve y la salida del Sol, en esta mañana ha sido lo mejor que me ha pasado, dijo. Asomada por una rendija de su balcón, cubriéndose con aquellas cortinas de brocado dorado.

Volteó a su alrededor y empezó a examinar todo, pidió que limpiaran las paredes que no quería recuerdos de aquella enfermedad, no quería ver más sangre, y entonces se dió cuenta de que sus rosas preferidas ahora eran rojas y preguntó:

-¿Quién ha cambiado mis rosas? Las mías son siempre pálidas, no rojas.

A lo que le respondió su padre, las rosas se impregnaron de tu sangre así como lo hizo el florero de cristal cortado, las hemos cambiado, porque sabemos que no te gustan las flores marchitas, pero desde aquella vez, las rosas siguen siendo rojas.

Esto pasaba igual con la alfombra, cuando la quitaron para lavarla, vieron que no se desteñía, era como si la hubieran comprado en Turquía con esas distintas tonalidades de rojo y dorado. Las sirvientas se sorprendieron mucho y le avisaron a su madre, a lo que la Dama le explicó lo sucedido.

La señorita permanecía viendo ese amanecer entre copos de nieve, viendo el sol, escondida de todo y de todos, y sin mirar a los demás dijo en tono altivo, me quedaré con las rosas rojas y con la misma alfombra.

Ellos cambiaron, cuando yo también cambié. Y nunca volveré a ser la misma. Como ellos.

No me podrán quitar esas marcas de lo que pasé, no me pueden hacer que olvide, no soy la misma, y no intentaré serlo.

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