Un Cuento

julio 8, 2009

Cuántas veces sonreíste, una sonrisa tan franca que incluso te creí cuando con lágrimas me dijiste que nunca te habías sentido así.

Andante, mísero y lastímero, que francias resecas y maltratadas has dejado tras mentiras; tras un arcoiris de ilusión; como el leprechaun que aparece en los bosques, una ilusión, una alucinación, una decepción que todavía duele, que no deja dormir por pensar en ti; como al principio, los dos esperando la hora del amanecer…

Dejaste que el sol te resplandeciera en la cara, te cubriste los ojos con gafas oscuras, cerraste la boca y ocultaste tus oídos hacia esas cartas que hace tiempo escribí, mas nunca entregué.

Pensé que ya se había superado, más cuando te vi de nuevo, vi que apenas estaba empezando.
Un imperio, sin bosques, sin niebla, sin nieve, sin oro y sin islas solitarias, sin un pasto verde que recordara una botella de vino tinto en verano, sin ningún arcoriris.

Ya no espero a un caballero, mucho menos a un príncipe. Desperté del sueño en la madrugada y me di cuenta de que todo era un cuento, para niñas ilusas, uno de los que hace siglos se escribieron, uno de los que llaman cuentos de hadas y como tal, inexistente.

Ella

mayo 9, 2009

Se escuchaban la teclas de una antigua Remington, en un papel que estaba en blanco… en ese escritorio había un vaso con whiskey, las aspas del ventilador de techo rodaban como si de un remolino se tratara, todo estaba en una completa desolación. El hielo se había deshecho ya, la máquina de escribir seguía sonando, la alfombra denotaba que unos tacones la habían pisado, muy fuertemente.

La ducha estaba lista, se escuchaba al fondo del pasillo en aquel apartamento; las dos puertas de los dormitorios estaban entreabiertas y unos susurros se dejaban escuchar cuando se acercaban más.

Ella estaba hecha un lío, no sabía que hacer con ese trabajo, con la soledad que carcomía sus entrañas, por su edad, por no querer saber más acerca del “que dirán”. Estaba en posición fetal, sentada en ese solitario cuarto de baño, desnuda, llorando, por un bloqueo, por una máquina de escribir que no servía, por su vida que estaba perdiendo.

Todo lo había abandonado para ese instante, ya nada le importaba, dejó que la pequeña aguja del tocadiscos saltara sobre áquel disco de jazz que tanto le gustaba. Se sentía perdida, ya nada valía para ella.

Era la vida de una escritora -pensaba para sí-

No quiero más preguntas, no quiero estar aquí, quiero más libertad, me quiero a mí – gritaba, mientras lloraba bajo el agua de esa ducha tibia que se tornaba fría ante sus nervios-

Estaba estancada en un lugar que no le pertenecía, al que no sabía cómo había llegado, ni por qué.

Siguió por horas llorando por lo que era, más no por lo que fue, ya que no lo recordaba.

De repente se escuchó de nuevo el rasguido de ese ventilador y las teclas de esa máquina de escribir sobre una hoja en blanco, eran más fuertes que sus gritos y un estallido rompió la monotonía del ambiente. Una mancha cayó sobre la alfombra… alguien había tirado el vaso de whiskey al suelo y  había roto en pedazos el vaso.

Se vieron unas llaves que ciertas manos dejaron caer sobre el escritorio y unos pasos caminaron directamente hacia el baño, la luz estaba apagada. Había sangre derramada en la tina pero ya no había nadie; nadie excepto Ella que estaba harta de llegar desde la calle y volver a la rutina de siempre. Esa agonía que poco a poco la estaba matando. No se sorprendió por lo que había visto, estaba realmente furiosa y era más que una mujer para ese lugar y esa época.Sabía que no era la primera vez que pasaba, su mente era muy fuerte y le jugaba esas malas pasadas, eso de lo que no podía acordarse más tarde, su llamada ezquizofrenia.

Se lavó las manos con agua fría y su cara con jabón de olivo, se miró al espejo mientras se secaba con una toalla, vio sus ojos y sus ojeras, su palidez, no había comido; ahora sólo escuchaba esa tonada con ese trompetista que tanto le gustaba Miles Davis; decidió ir a su dormitorio y así encontrar una nueva historia, una nueva imagen, quería descansar de esa vida, tomó sus medicamentos, se desvistió tratando de conservar la calma, primero los zapatos, la falda, su saco, y mientras seguía con su blusa de seda, fue quitando poco a poco sus medias, cuidando que no se rasgaran, todo bajo la luz de su lámpara de noche, se deshizo de todo lo demás y  ya en la cama quedó sumergida entre las sábanas mientras  se ocualtaba tras la oscuridad de aquellas cortinas, la máquina; la vieja Remington dejó de escribir. El tocadiscos siguió sonando y las lágrimas en la ducha siguieron corriendo.

Habían pasado ya varios días… Ella no se había percatado de ello. Se había suicidado y ya estaba muerta… su alma rondaba en ese apartamento y ella pensaba que era sólo uno más de sus transtornos psicológicos; No podía descansar, nunca podría hacerlo más.

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Te veo

mayo 7, 2009

Tengo un ojo dibujado, que te ve en un remolino, mientras yo te veo atrapado.

Mis pestañas alzan el vuelo, te quieren alcanzar, en un tiempo, quizás; te quisieron salvar.

Con mi propio mirar te busqué más y más, hasta que ya no te veo… cuando en la niebla desaparecieron tus despojos, mientras yo decía : No, no quiero volver  la mirada hacia atrás.

Te intento olvidar, pero el ojo en el papel enmarcado te sigue viendo, como yo no lo quiero ya hacer.

Rompiste los recuerdos, rompiste lo poco verdadero que quedaba, y ahora ya ni siquiera ha quedado la mitad. Es muy pronto, pero el huracán no ha parado todavía, has hecho destrozos, quitado vidas y espero que no los haga por más.

Me duele, pero te tengo que olvidar, tengo que romper el papel dónde se encuentra ese ojo dibujado que no te deja de mirar, para que así quedes en mi mente como un recuerdo, tan sólo uno más, que no duela, que no singnifique nadie, como ahora se está, un recuerdo, una imagen, un pensamiento al que no eche de menos ¡JAMÁS!

Deseperación

mayo 7, 2009

Con un corazón en las manos, con un corazón inexistente; en las manos de un cuerpo ya sin vida, con el dolor punzante de un vacío que se había dejado atrás…

Con unas lágrimas negras, marcadas en pañuelos, sentí el dolor de esa herida de la que pensé, nunca me podría recuperar.

Incierto es el presente, incierto es el futuro que nos hizo presas de juegos y trampas de enemigos, a los que creíamos amigos.

Mi muerte ya es inevitable, porque aún cuando te empecé a amar, yo de ese cofre no me podía levantar… mis labios eran pálidos y mi cabello marchito por tanto abandono en la oscura soledad.

Cuando llegaste, como si de un cuento de hadas se tratase, rescataste mi existencia de ese pozo, y colmada de sonrisas y de gozo hiciste que mis pupilas brillaran, que mis ojos a ti mismo te iluminaran y sonrisa a sonrisa, mis labios por la corriente sanguínea, rojos se tornaran, con tus besos, con tu calor, con tu apego, con tu fervor y amor.

Las últimas palabras fueron un “TE AMO” y hoy cuando desperté, sabiendo que estabas ahí, no quise saber más, y volqué mis ojos, mi mirada hacia esa almohada para de nuevo sumergirme en esa oscuridad, para darme cuenta de que cuando en realidad despertara, te habrías ido ya y nunca más te vería, ni siquiera en mis sueños, que convertiste en pesadillas en la sublimación de un amor que se convirtió en una descontrucción.

No habrá más días de sol, ni habrá más sonrisas… no mi amor, quédate en dónde estás, pero no me digas: “Corazón” no me llames Bella… cuando creíste más en quien te defraudó, cuando a mis espaldas hablaste mal de mí sin ninguna razón. Te fuiste cuando todavía hoy tenía esos regalos para ti, esos corazones y esas pinturas, esos poemas y unos labios que deseabas… Te fuiste, pero aún así, cuando las lágrimas rueden por mis senos sé que acabaste con esta desesperación.

Volar

abril 14, 2009

Sin un fracaso

Con todos los desafíos que proporcionan las encrucijadas de una vida.

Con la vida tan larga en tan pocos años.

Con los años por delante;

Que van quedando detrás por lo que se perdió.

Porque lo que se perdió no se puede recuperar.

Porque ya no se quiere estar.

Porque no se puede soportar…

Un cambio más

Un fracaso… quizás.

Porque se siente el dolor

El color gris de una desesperanza.

El amor que sangra, quien brota por las heridas, quien cae una vez más.

A quien no se puede querer, a quien se debería de amar más.

Porque las desilusiones van de la mano con las dichas que nunca se conquistarán.

Porque es imposible el no sentir y no llorar.

Porque es imposible volar.

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Imagen: William Blake

Post Moderno

abril 2, 2009

Deborah no podía contener su angustia, las tabletas de rivotril por tanto tiempo, ya no hacían el mismo efecto, cada vez necesitaba más.

No podía quedar encerrada en su piso, puesto que el temor a una claustrofobia la ponía más ansiosa. Decidió salir esa noche, ir a un bar. Quería distraerse, escuchar un poco de música, de psycobilly o de rockabilly, estaba harta de la música clásica, no podía tocar el piano, sus manos temblaban demasiado para ello.

Llegó al bar, y todavía era temprano, no había mucha gente, conforme las horas pasaron, hubo más y más, ella pasó enfrente y a través de todos sin dar ninguna importancia y sin mirar a nadie.

Se sentó en la barra y pidió tres shots de whisky, straight, quería algo fuerte.

Pensaba en lo que debía hacer, en lo que tenía que hacer, en cómo lo podía lograr. Se hundía en los pequeños vasos de cristal, una y otra vez viendo su reflejo en el mismo vidrio. Hasta que llegaron ellas.

La tocaron por la espalda; ella se viró y las miró directo a los ojos. Volvió a sus shots. Ahora la empujaron. Le preguntaron que quien era y qué hacía ahí.

Ella no quiso responder y una vez más se giró.

La primera fue Johana, tenía tatuajes y el cabello teñido de rosa, se mostraba vulgar aunque se creía inteligente. Se le escuchaba por todo el bar reír a carcajadas como si de una prostituta en un burdel se tratara. Kristine fue la segunda, sin una gota de maquillaje, con un aspecto de niño, delgada, ojos azules y cabello corto, hacía burlas acerca de Deborah, de que estaba ahí sola, de que no tenía que estar en ese territorio, hablaba de ella por todos lados para hacerla quedar en mal con todos en ese bar.

Seguían las hipócritas de las tres Anas que habían y que entre servían los tragos y conocían a todos, le decían a Deborah, no les hagas caso; mientras que por otro lado, en la cocina se escuchaba cómo hablaban de ella.

Deborah seguía pensando… no eran claras sus intenciones, no sabía el rumbo que tomar, pero necesitaba “no estar”, estaba cansada, harta y se le hacía injusto que por ir a un bar sola, unas cuantas hablaran de ella, por lo poco que sabían.

Jessica , Mia, su hermana, una tal Fay con un desmesurado atuendo estrafalario y vulgar como ella, con la sonrisa fingida y dolida porque no valia nada y nadie la miraba siquiera y Laura siguieron. Se mostraban ante todos con su pose de modelos, de fotógrafos, de la última moda, cuando en realidad no tenían nada, ni altas, ni el cuerpo de una modelo, y los jeans ajustados que dejaban entrever la celulitis de sus cuerpos, de sus abdómenes.

¿Por qué se comportaban así?

Deborah no lo lograba comprender. Llegó Felicitas junto con Lisa y una botella de Jägermaster, la rubia pálida, llevaba más colorete que un payaso, todo porque su máquina de bronceado se había estropeado y era la hermana perdida de un actor, a quien en cuyo caso, apenas y se conocía. Pero los ojos marcados en negro con ropa en animal print, eran más que los de una “puta de categoría”. A las risas, irónicas por supuesto hablaban de Deborah y de su comportamiento aislado en el bar.

Deborah sólo escuchaba y escuhaba los ecos de esas voces que daban en su espalda, que entraban por sus oídos y hacían que se sintiera peor. Llegó a la conclusión de que no podía continuar así, si estaba más ebria, no podría pensar ni actuar como debía.

Se sentía triste, acosada, tenía un ataque de pánico, pero en realidad aunque ella no lo sabía era un ataque de ira.

Estaba harta de que se le criticase por quien era. Llevaba puestos unos pantalones negros ajustados y un corsette con encajes, rosa en combinación con los pantalones. Una ligera chaqueta y aunque ella no lo se percatara, se veía despampanante. Por ello muchos de los hombres llegaron hacia ella y la abordaron, pero ella seguía hundida en ese reflejo. El perfume con notas de orquídeas se notaba cuando inclinaba su espalda hacia atrás en cada trago, con sus rizos al aire, con sus ojos cerrados, ahora deslumbrantes, pestañas como alas de mariposa y los labios más sensuales que se puediese haber visto jamás.

Sólo se centraba en esos pensamientoss y en esa ansiedad que le carcomía las entrañas. No quería saber nada más, ignoraba a los hombres a su alrededor. Quizá por eso las risas de aquellas mujeres, y las burlas de quienes no la conocían.

Quienes no sabían lo que les esperaba.

En uno de los últimos tragos, se quedó sumergida en el laberinto que representaba su figura reflejada en el fondo del vaso de cristal y ellas regresaron.

La tomaron por la espalda y le preguntaron de nuevo que, qué hacía ahí, que no era su lugar y quisieron darle a entender que no querían perder su lugar; claro, lo dieron a demostrar con su inseguridad, no querían que alguien mejor que ellas se interpusiera en su “territorio” como si de una lucha en la selva se tratara o de un territorio en dónde corrían las drogas, la cocaína por kilos y la marihuana en todo el aire que se infiltraba por los pulmones.

Deborah se cansó de esta situación, no aguantaba, no quería hacerlo, pero se sentía presionada; escuchaba todas esas voces y no quería más de lo mismo. Tenía que terminar con esto y pronto -Se decía a sí misma-

Entonces se levantó de ese banco, acomodó su sombrero y fumó la última bocanada de su cigarrillo, lo tiró al suelo con duela de madera y entonces con sus tacones de 12 cm lo apagó, viendo hacia el suelo.

Estababa nerviosa, sus cigarros siempre estaban dentro de esa chaqueta así que introdujo su mano, y suavemente sacó de su chaqueta un revolver. Plata, con una cacha grabada con sus iniciales. D.I.

Se puso de pie firmemente y con la sola mirada retó a las tipas marchitas ahora por el pavor, por verla, no molesta. Peor que eso. Sin una sola imagen en su rostro que demostrara alguna de las emociones que sentía.

Se encontraba harta, no podía más con esas risas fingidas, con esa soledad, con las burlas de vulgares mujerzuelas.

Sentía el peso del revolver en sus manos frías y sudadas, el frío del metal contrastante con la suavidad de su piel. El aire era denso y el tiempo se había detenido. Los efectos de las drogas y el alcohol en todos había pasado y al centro del bar se veía la barra y una chica de pie con un revolver plateado, cabizbaja, pero con brillo en sus ojos, en los que se reflejaba la misma imagen de aquellas que la acosaban y la querían fuera de ese lugar.

Tan importante era para ellas, que por una noche no la dejaban en paz, tan importantes eran los hombres que se acercaban a Deborah para conquistarla que ellas la odiaban, con tan sólo verla.

¿Envidia acaso?

Ya no soportaba más, las combinaciones con los medicamentos y los tragos la habían knockeado, en realidad seguía pensando que no quería terminar así. No hablaba. Sólo se veían sus labios en un tono rosa. Inclinó la cabeza hacia un lado y en ese momento apuntó hacia ella misma. Su sien era tocada por ese pulido metal.

Y por primera vez habló.

-No van a hacer que termine así- Dijo como una advertencia-

Y una sonrisa diabólica salió de sus labios. No temblaba. Ahora ya tenía la solución a lo que se había estado planteando por tanto tiempo.

Decididamente tomó otra dirección, caminó hacia una de las paredes del bar, dónde se encontraba un juego de dardos. Con el revolver hizo unas señales, queriendo que poco a poco se acercaran, una por una, o en grupo, daba igual, las quería con ella.

Todos estaban asombrados, no permitían la entrada con armas al bar, pero a ella no la revisaron, simplemente llegó temprano, sola y bueno,  se sentó a beber en la barra.

El miedo se hizo presente en el mismo ambiente, se sentía denso, una bruma que cubría los intestinos de todos que miraban. Deborah no mostraba ninguna actitud agresiva, pero tampoco era pasiva. Ahora estaba actuando.

No iba a permitir que alguien más hiciera que su vida se acabara y que le hiciera temer más el lugar dónde ella quería estar. Se estaba enfrentando a sus miedos y a sus enemigos.

Una por una las acorraló, con las rodillas  golpeó en el estómago a varias mientras tenía apuntando con el revolver a otras y otros para que no se acercaran. Las hizo caer al suelo. Y las puso contra la pared.

Le irritaba ver esos cabellos mal teñidos y mal peinados, sucios, no lo toleraba. No quería que le quitaran lo que era suyo, lo que le habían regalado. La angustia había sido reemplazada por coraje, por un tipo de venganza hacia extraños.

Las pateó una a una siendo más déspota que fuerte. No las toleraba y se dió cuenta de que en verdad, era mejor de lo que había visto, pensado o sentido. El miedo se había ido. Se sentía liberada. Pero en una de sus manos sostenía ese brillante objeto, entre sus brazaletes y anillos.

Sin embargo lo que más brillaba en ella era esa mirada, que a pesar de todo, no estaba perdida.

Uno a uno, todos los que permanecían en el bar fueron saliendo; no importaba. Deborah sólo estaba consiente y sólo le importaban las que se habían burlado de ella, las que habían hablado de ella.

Por celos, por envidia, sin saber de sus pensamientos y sólo porque se veía mejor que ellas, pero sin conocerla, también porque sabían que ella era mejor que todas juntas.

Con más fuerza las pateó y hubo incluso algunas que se desmayaron del dolor, se podría decir que con esas botas y esos tacones, podría provocar una hemorragia interna. Otras simplemente estaban tan asustadas que no se podían mover.

Tomó de nuevo el revolver, hizo a un lado su cabello e inclinó su sombrero y apuntó a su sien, sientiendo el frío de una muerte pronta.

Les preguntó de esa manera:

¿Esto es lo que quieren?

Y hubo algunas que dijeron:

– Sí, ya acaba con esto perra desgraciada.

-OK – Dijo ella-

Y entonces alejó el revolver de su cabeza y quitó el seguro, se escuchó un ligero sonido entre el más perturbador de los silencios.

Apuntó hacia ellas y una a una las dejó empapadas en la sangre una de otra, les apuntó directo a la cabeza, no falló en ningún tiro. Calleron muertas ante sus pies.

En realidad era lo que querían, ellas lo dijeron, cuando vieron una escena cercana a la muerte. Más no se percataron de la astucia de Deborah, que en ningún momento dijo que se suicidaría, sólo hizo alguna mención a la muerte.

Acabó con ellas, ellas que la habían insultado y perturbado más. Pero al acabar con esto, se sintió aliviada, porque ahora ya descansaba de pensamientos, había matado a las cabezas, las mentes, y la suya era ahora libre. Para seguir, en un bar, que quedó con cadáveres y ella, siguiendo bebiendo en la barra, disfrutando de su soledad y sin ser interrumpida. Regresando pronto a lo que era ella. No lo que fue esa noche.

Puso algunas monedas en la rockola y viendo los cadáveres por última vz en esa noche dijo: Por mí y por lo que valgo.

Adiós.

Y salió con el paso más firme que jamás había tenido, se dirigió a su casa, decidida a descansar, guardó el revolver y mantuvo esa noche en secreto, como un triunfo, una venganza, no había cometido lo que temía, había podido encriptar esos miedos que vendrían y se sentía por fin como lo que era, lo que le habían hecho sentir y se recuperó.

Todo gracias a quienes le quisieron hacer daño y a quienes tuvieron el peor de sus castigos. Ser enfrentadas y amedrentadas por alguien a quien en algún momento vieron inferior.

Get off- The Show is Over-

-Dijo y sin más. Así terminó.

sangre

Canción de Primavera

marzo 24, 2009

Salen los niños alegres

de la escuela,

poniendo en el aire tibio

del abril canciones tiernas.

¡Qué alegría tiene el hondo

silencio de la calleja!

Un silencio hecho pedazos

por risas de plata nueva.

Voy camino de 1a tarde,

entre flores de la huerta,

dejando sobre el camino

el agua de mi tristeza.

En el monte solitario,

un cementerio de aldea

parece un campo sembrado

con granos de calaveras.

Y han florecido cipreses

como gigantes cabezas

que con órbitas vacías

y verdosas cabelleras

pensativos y dolientes

el horizonte contemplan.

¡Abril divino, que vienes

cargado de sol y esencias,

llena con nidos de oro

las floridas calaveras!

Federico Garcia Lorca

Atrapada

marzo 20, 2009

Caí dentro de esa caja; cuando abrí los ojos me percaté de que no había ni una salida, ni una entrada. Estaba acostada en forma fetal, no había casi aire y todo era negro en derredor. El poco aire enviciado ya tenía el aliento de sus recuerdos y veía entre mis manos arrugas, que se desfiguraban cuando movía los dedos y con las pupilas dilatadas vi que sólo eran mis venas saltadas por la alta presión sanguínea y la “atmósfera”.

No sentía miedo, el miedo se da ante lo desconocido, y ahora yo simplemente tenía angustia, por no saber lo que podría pasar.

¿Cómo había llegado allí?

¿Cómo podría salir?

¿Estaba sola o me acompañaba?

Sentía su aroma de frases, su acento en mi voz.

De tanto pensar quedé dormida, tenía las manos sujetando fuertemente mis rodillas y me encontraba desnuda, temblaba de frío y tenía fiebre. Desperté temblando y miré hacia todos lados, los cuales parecían los mismos, todo era oscuridad y sentí debajo de mis pies descalzos huesos secos y tierra.

Pero seguía sin poder moverme. Me habían cortado las ilusiones. Por primera vez necesitaba usar mi voz, y no servía de nada un grito, sólo quería hablar, quería que se me escuchara. De nada servían mis ilusiones. Seguía pensando en cómo subí esas escaleras, seguía pensando en esa niña que se reflejaba en los espejos con marcos dorados, sentía el fuego que me consumía. Todavía.

Poco a poco pude ver más claro…

Me di cuenta de que las uñas de mis manos habían sido recortadas, y mis ojos estaban secos; quería llorar pero no podía y lo poco que veía era distorsionado. Sabía que eran mis manos pero no las reconocía, esas arrugas en forma de venas me asustaban y me hacían pensar en mi edad.

La angustia me apresaba y yo no podía más que tocar mi pecho y rogar no más por ese estado. Cerré los ojos y sentí un resplandor que hizo que me sobresaltara. Cuando abrí los ojos ví que era un sueño, que me encontraba en esa vieja cava, dónde a mis 5 años me escondía con libros y cuadernos; esa vieja cava que guardaba todos mis secretos, y no me podía mover porque esa niña ya había crecido; y la posición fetal significaba que quería el regreso.

El regreso – ¿ a qué?

-¿Era la felicidad acaso?

Cuando vi el respandor con los ojos abiertos vi que estaba en un cuarto blanco, sin ventanas, sin puerta, sin cama.

Lo más increíble era que YO misma me veía… mi cabello estaba suelto y estaba cada vez más delgada, sabía que era yo, pero no era mi cabello. Seguía pensando en aquellos huesos que sentí por debajo de mis pies… eran los recuerdos, eran los muertos de ese incendio en los que sobrevivió la nena de 7 años.

Seguía viendo y oliendo soledad. Antes sentía su compañía de una forma u otra, pero ahora seguía sintiendo ese daño, ese dolor y grité hasta quedarme afónica, pero no hubo ojos que leyeran mis labios. Cuando me recobré de ese ataque de histeria me percaté de que estaba atada por las muñecas y por los pies…Era una presa y tenía miedo.

Era una presa de mi propia mente y mi mayor miedo era lo que vendría después, pues estaba en un hospital y sabía que no quería.

-No sabía qué-

Escuchaba guitarras, entoné canciones y lloré sangre, como mi último adiós y me dolió… recordar me dolió.

Quería estar fuera de ahí, quería a quien me acompañó en la oscuridad, no quería a mis recuerdos, ni quería a ese hospital… pero no pude despertar.

Acepté vivir ahí, sin comer y viendo una cabellera que nunca crecía y sintiendo unas manos que no eran mías. Aprendí a recordar, acordé con el sufrimiento y la soledad un trato y así no me dejaron más sola. Me hicieron escribir y aún sigo esperando a aquél que lee mis labios desde siempre, que conozco desde antes que estuviera aquí. Aquel que soñé siempre, quien me hizo reír, por quien viví y por quien tan vez morí, por quien perdí, por quien ha sido mi más grande premio.

Aquel que ahora está en mi mente, quien me acompaña siempre, quien me hizo girar, quien me hizo caer, está conmigo, pero aún así lo sigo esperando, y sigo teniendo miedo.

Mi voz no se escucha y yo, ahora que ahora le encuentro un sentido a la vida, se lo quiero dar. Quiero terminar este sueño, quiero salir, quiero respirar, ya no quiero recordar, pero quiero escribir, y estar con él, que (suena raro) es mi sueño más lúcido, el más vívidoy al que más miedo le tengo. Por lo mucho que significa para mí. Ese que se adueñó de mis sueños y de mi propia mente, quien tiene mi vida y todo lo que puediese valer en sus manos… Aquel que necesito para despertar y no tener miedo a otro sueño más, para abrir los ojos y ver que es el sueño que se hizo realidad. Y no tener miedo jamás… de mi misma. De mis trampas y de no poder ser YO, de ser sólo Mi Mente…

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Contando

febrero 11, 2009

Conté las horas, los meses y los años que pasaron.

Conté las hojas que dejé sin firmar.

Conté los suspiros en fotografías.

Conté los alientos sin suspirar.

Conté los murmullos que me decían,

el tormento que pronosticaban las ausencias.

Conté las infusiones de limón que tomabas al enfermar.

Conté los años que en un futuro no se tendrán ya más.

Pero no conté el daño que se hizo al esperar.

Nunca remarqué en cuánto se puede lastimar.

Conté creo que muchas cosas.

Pero nunca conté los besos que inciertamente toqué con mis dedos.

Nunca conté que sólo eras un personaje inanimado.

Te vi dentro del libro, hasta que dejaste el papel.

Y nunca conté las hojas.

Y ahora te has ido, como yo, que a veces siento, no poder /ni querer/ regresar.

El último Beso

febrero 3, 2009

Querías aplausos y obtuviste bofetadas.

Querías libertad y aprisionaste tus cadenas.

Querías más tranquilidad y ahora no puedes estar en paz.

Perdiste lo mejor de tu vida.

Por fin te viraste y le diste la espalda a tu destino.

Opacaste las posibilidades de felicidad.

Y en la densa niebla no las pudiste encontrar ya.

La tempestad no sólo tragó tus suspiros.

Con ella se fueron mis fuerzas.

Y tu misma fuerza quedó dentro del torbellino.

Haciéndote girar y girar.

Perdiendo el equilibrio y dejándote caer.

Abatido, abrumado, agazapado…

Débil, por no poder superar una crisis ante TU REALIDAD.

Cuando me dijiste del bache, de ese agujero en el que habías caído

me di cuenta

De que no tenía que mirar atrás.

Fue cuando te cerré la puerta, y te dije: ¡VETE YA!

Para así continuar con mi vida

Esa que dices que tengo, encerrada en mi misma.

Pero para ti jamás.

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