There is an End

diciembre 31, 2008

Words disappear,
Words weren’t so clear,
Only echos passing through the night.

The lines on my face,
Your fingers once traced,
Fading reflection of what was.

Thoughts re-arrange,
Familar now strange,
All my skin is drifting on the wind.

Spring brings the rain,
With winter comes pain,
Every season has an end.

I try to see through the disguise,
But the clouds were there,
Blocking out the sun (the sun).

Thoughts re-arrange,
Familar now strange,
All my skin is drifting on the wind.

Spring brings the rain,
With winter comes pain,
Every season has an end.

There’s an end,
There’s an end,
There’s an end,
There’s an end,
There’s an end.

Recuerdos III

noviembre 21, 2008

Despierto de madrugada… todo está en tinieblas, hay frío y por la ventana no se ve nada, más que la bruma de un otoño, gris y muy intenso.

El sonido de la lluvia es grave, apenas y puedo abrir los ojos… no hay calefacción, la leña de la chimenea extinta está y la vela que tenía se ha apagado…

Mi vestido cuelga a un lado de mi cama, los encajes y demás artilugios hacen ruido al moverse, mientras en mi mesita de cabecera están mis aderezos y brillan sin ningún reflejo; el eco de esas gotas no me permite, tener paz, veo sombras que hablan de lo que no es, o de lo que fue; un encuentro, el estar, el irme, navegar, cruzar, viajar.

Me incorporo y veo una botella de vino tinto casi vacía; no es un recuerdo, es un recordatorio, los nervios carcomen mis entrañas y la misma paranoia hace que en un estrépito levante las sábanas que me cubren y abra de par en par el ventanal que da hacia el balcón.

La soledad entra como una ráfaga de aire, mientras me sostengo de las propias puertas hechas con madera y de las que cuelgan cadenas oxidadas, mi cabello es batido por el aire y mi cuerpo desnudo es empapado por esa tormenta, los rayos no se ven, pero se sienten en la tierra con cada trueno; yo, tengo los ojos cerrados.

Recuerdo, pienso, busco y no veo ninguna puerta, sólo esas cadenas que rechinan al moverse, cuando con pocas fuerzas apenas y me puedo sostener, no quiero, no, no quiero que me vean caer…

No lo permitiré, me digo a mi misma…

Mientras veo que el tiempo sigue pasando y la tempestad se ha calmado… me viro y busco más velas, entre que las busco, veo que esa botella tiene no más que restos de lo que fue, de lo que será, pero no está rota como las demás, encuentro un cigarrillo, una bata apenas para cubrirme de los casi 2°C que hacen y descalza salgo al balcón, para respirar, mi cabello ahora se ha extendido y mientras fumo, voy pisando las hojas secas y muertas, ya húmedas que ha dejado esta estación.

Lo más extraño es que disfruto ese aire, es una nostalgia rica, se podría decir… y más extraño aún es que mientras iba saliendo al balcón vi una imagen, en uno de mis tantos espejos, pero no había luz, ni siquiera el reflejo de la luna…

Se reflejaba a una mujer menuda, con cabello largo, ojos que parecían cuencas y una boca roja,  ella muy delgada y en las manos llevaba un ramo de rosas rojas… fue un instante pero lo ví y me pregunto si acaso habré sido yo…

No tiene importancia, la costumbre de no verme, y mucho menos reconocerme se ha dado con comfort, mientras pasan los años…

Mientras seguiré en el balcón, sin pensar, queriendo sentir el frío embriagante y ¿por qué no? Esperando a un… a mi caballero errante, que cruce ese bosque para llegar, de nuevo.

Quizás el frío lo traiga de vuelta al calor de mis brazos y de mis besos y así, una angustia y una sinfonía de lágrimas ya no me hará despertar de un sueño, que no tuve, ni quise jamás.

Ofelia

mayo 5, 2008

Dicen que Ofelia estaba loca… ¿en verdad lo estaba?

Ofelia no estaba loca, Ofelia sufría.

Ofelia buscaba un refugio, un refugio dentro de la belleza,

Dentro de su propia belleza,

Siempre dentro de ella, en un encierro al que llamaban locura.

Un encierro provocado por la represión y el dolor

Que fueron los mismos, aquellos que la encerraron

Ante el espanto de ese mundo, el de los demás.

Ella se burlaba de los hombres

Esos de los que siempre prometen

Pero nunca cumplen.

Ellos que la tomaban porque había perdido la razón,

Al perder a su padre, quien en realidad le había

quitado a su verdadero amor.

Por eso encerrada en su mente, paseaba por los jardines,

Porque los amaba y era lo único que le quedaba,

Por la soledad y por la libertad, por el aire frío emanando de

Las costas azules, como grises de Dinamarca

Por el húmedo viento y el rocío que mojaba sus delicados pies ya descalzos,

Cuando tomaba flores para hacer coronas, para reyes como para reinas

Más nunca para ella…

Era tan hermosa que en un riachuelo, dentro de aquel jardín

En aquel palacio, vió su imagen tan etérea y pura como lo era…

Como lo era sólo ella.

Y también se vió rodeada de esas orquídeas,

Esos dedos de Muerto que le arrebataron

Lo que muchos considerarían su vida.

Lo que para ella fue mejor, al por fin liberarse de ese encierro

Y de las burlas y promesas de familias, príncipes o plebeyos…

Al fundirse entre las heladas aguas e inmensas flores,

Con el peso del ropaje de una princesa que nunca fue

Y la única sonrisa que ensombreció más vidas.

Toda la Razón

abril 17, 2008

Nox et Hiems Longaeque viae Saevique Dolores Molibus His Castris It Labor Omnis Inents….

Nota: página 44… en mi memoria.

Frío Sangriento

febrero 11, 2008

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Todavía es invierno, los árboles están blancos, llenos de nieve aún hecha de escarcha, de hielo ya mal formado, todo es blanco y lastima por la propia luz que refleja e ilumina. Todo es soledad, se siente la angustia del jamás. Y yo sólo veo salir sangre de mi boca, escupo sangre y por primera vez no me gusta, tengo espejos y los colecciono, más no logro ver mi identidad, y la sangre que estoy consumiendo es la propia y me disgusta el sabor amargo, y al escupir, en las paredes quedan con gotas de saliva alguna vez humana, de un cúmulo que se entregaba al deseo y la pasión, de esa sangre que provenía de mis ancestros que ahora calma mi ansiedad al hincar un colmillo en mi muñeca izquierda, mientras siento que no tengo fuerzas para tomar aquella navaja suiza con tan filo que brilla, que deslumbra, que hace maravillas.

Pero sigo prefiriendo los espejos, me aterran, pero me busco, sin encontrarme, sin verme, sin saber como soy, ¿alguien me ve? Pues yo no.

Tomo uno y lo quiebro, las imágenes que reflejaba se vuelven miles y como miles de pedazos se entierran en mis pies ya descalzos y duele, pero lo prefiero, que sean parte de mí a no ser nada entre ellos. Y así nos volvemos uno, entre dolor, sangre y desesperación.

Todavía siento frío y estoy cubierta con una túnica de seda roja, un rojo carmesí, que juega con mis labios aquellos rebosantes de besos no dados y de besos ansiados como deseados, esos, mis labios, con su color y mi palidez, ya no mi piel blanca, ahora estoy muriendo o eso escucho decir a esas voces apagadas y calladas que vienen del pasado y ya no espero un renacimiento, como muchas veces antes lo tuve, estoy muriendo, ya me lo han dicho.

Tomo un abrigo negro y descalza salgo al balcón que da hacia aquella avenida ya despoblada, por dónde reina un vasto y llano como amargo pesar, como mi compañera la Soledad, y a lo lejos veo esos ríos que están llenos de mí, de mi ser, de lo que fuí, de lo que no seré, porque ya lo fui, y los veo teñidos de rojo, aquella que era mi pasión por la vida, y ahora yo misma envenenada sufro, al pasar de las horas por no poder morir y ver que esas palabras como muchas otras han sido vanas, huecas, vacías y por supuesto, totales mentiras y ahora sólo queda yacer en el amargo oscurecer de cada amanecer, escondida, encerrada tras vitrales que muestran figuras de demonios que son ya ancestrales y con un bastón de plata, los rompo con toda la furia y coraje que en mí se desata.

Ya no quiero esto.

Nunca lo quise.

No puedo morir.

Ya no quiero renacer.

El humo proveniente de un cigarrillo que saco, dentro de una cigarrera de plata, mientras estoy en el salón con mis invitados, con las piernas cruzadas y yo sin zapatos, descalza. Riendo. Con los pies sangrando y goteando en las alfombras. Y de repente todo se esfuma, como el humo, así de rápido se desaparece, porque no hay nada, no había nada, eran olvidados y vastos recuerdos que se confunden con vivencias que anuncian la locura y yo en una sonora carcajada me burlo de esto mientras camino por el sendero que conduce al tan aclamado bosque con esa luz irradiada de aquella trémula nieve y de nuevo, una mordida, y chorros de sangre, escurriendo por mi boca, saliendo de mis labios, marcando mis blancos dientes de un tono rojo y me veo reflejada entre la misma sangre, entre MI misma sangre, mi pasión ya ida de mi cuerpo y de mi propio espíritu y veo algo gris y borroso, que marca las gotas que delicadamente van cayendo de mi boca y así vuelvo a recordar aquel bosque, en las noches, con esa luna que me ha sido arrebatada y que ahora ya no es nada; ahora blanco, no seco, no vivo, no muerto, sólo en reposo y espero, porque sólo queda la espera de lo que será para alguien que no tiene libertad; sólo veo demonios a mi alrededor y la eterna Soledad, cuya compañía no me agrada, cuya misión no es conmigo y le hago llamar a la muerte, pero esta sólo se ríe siniestramente diciendo:

– Muerte ¿ Quieres muerte? Pero si ya has fallecido DOS veces.

Y me retuerzo de dolor, de asco, de este mundo y de mi misma, por no poder cambiar, por no poder morir, por ser alguien más, por ser quien fui y que ya no volverá; pero no como aquellos, sino tan especial que se convirtió en la Sombra de la Misma Soledad, inspirada por la Sangre, el Frío y la Oscuridad.

Furia

febrero 5, 2008

Esa noche el viento azotaba las ventanas, tanto y con tal fuerza que hacían que aquellos antiguos vidrios se quebraran y cayeran al suelo ya en forma de pedazos cortantes.

La casa estaba vacía y tras la puerta abierta al corredor, se escuchaban las hojas secas que eran huellas de aquel que ya había pasado, de aquel que era el otoño, de aquel que se había ido para dar paso al nuevo visitante, más tenebroso todavía: el invierno. En el que se escuchaban los sonidos de tantos silencios apagados en la oscuridad y soledad de las noches, noches tan largas. Noches interminables.

Entonces se rompían, por los estruendos de esos viejos papeles desechados viajando entre volares por esas callejuelas sucias y abandonadas a la nada , vacías y ya sin vida.

No había ni una sola luz, la única presencia que había era a de aquel viento que destrozaba todo a su pasar, como un acongojado grito que se anuncia llegar cuando ya está ahí sin haberse anunciado a estar. Quería tener presas, quería a cautivos, quería asustar y amedrentar, quería que el tiempo no pasara y así matar a quienes eran los súbditos del sol y de las copas de los árboles tan frondosos, tenía envidia, furia, coraje y por eso destruía todo a su pasar. Era cruel, era un ser muy cruel.

Las dos velas estaban apagadas reposando en sus candelabros, sus flamas estaban extintas como si aquel viento furioso las hubiera dejado sin vida, esa misma luz que las consumía y a la vez las deformaba, pero aquello era su esencia su vida, el fuego era parte de ellas, aunque entre el mismo y el viento se oprimiera su existencia, y así de repente ese candelabro de oro marchito y sucio por el paso de los años se quedó vacío, pensando que sólo era menos que un triste recuerdo, dejado de desolación.

Aquella noche se supo de las intenciones del viento y del porqué sus actos malévolos. Esa fría noche de invierno.

No se sabe de dónde venía todo esto, todo lo que la furia de aquel tempestivo arremolinaba, pero se sentía frío, mucho frío, ahora lo recuerdo con más claridad, no tenía zapatos, ni ropa alguna que cubriera mi total desnudez, y el viento aquel no me acariciaba, me rasgaba con cara roce, eran arañazos, sangrientos y dolorosos, que iban arrancándome trozos de piel y hebras de mi cabello, arrinconándome contra algún muro, queriéndome hacerme presa suya.

Y no sé como de repente me vi en ese callejón, lo vi en ese callejón, fue un choque contra su temperamento y mi mirada tan penetrante, que se rindió y en ese instante me cubrió con una capa, queriendo aliviar mis heridas que eran ya más contaminadas por la basura que él mismo atraía, recortó mi cabello y entre su frío misterio llegó la calma, y mientras comenzaba la charla con aquél, de quien no puedo describir su apariencia (dado que no lo comprenderían) encendí un cigarrillo y conversamos por mucho, mucho tiempo.

Esto que acabo de relatar es de muchos siglos atrás, tantos que no se pueden contar, tantos que en las noches nadie salía a las calles, tanto que se descubrió como era EL VIENTO y como me convertí en su amiga, como lo conocí y como ahora, varias veces nos reencontramos para recordar y añorar lo que era el pasado en el presente que ahora ya es el futuro.

 

Amanecer

enero 31, 2008

Era una madrugada muy fría, la chimenea estaba encendida al pie de la cama de la señorita, ella estaba en su cama.

En aquella cama que habían hecho especialmente para ella. Su madre, una excelente dama de modales muy refinados la había mandado a diseñar con un carpintero y un artesano fránces, la cama era de cedro rojo y tenía cuatro pilares, así como majestuosas telas que hacías las veces de cortinas o de pabellones, todo alrededor era blanco, sus cortinas eran de brocado dorado, que cubrian ventanales de más de 3 metros de altura, que ocultaban un balcón, con una mirada hacia una de las avenidas más visitadas de aquella vieja ciudad.

Aquella señorita, estaba recostada, con los ojos abiertos, observándolo todo, pero sin poder hablar, sin poder moverse. Estaba enferma.

No sabían la causa de su enfermedad, pero ese día fue algo muy doloroso para ella. Estaba sufriendo mucho, estaba en cama, inválida, pero plenamente consciente, no podía dormir a causa de aquellos dolores, por lo que la medicaban con gotas de opio, mezcladas en agua con azúcar para que las pudiera tomar, se las daban por cucharadas, ya que ella apenas y podía abrir la boca, los dolores eran inmensos, no los soportaba, su cuerpo no respondía, no era solamente sus piernas, no podía mover ningún miembro, ninguna de sus articulaciones.

Pero eso no quitaba su belleza, su belleza tan nítida, ahora oculta en el mundo, porque la familia que era de un gran abolengo no quería que se enterara de lo que en esa habitación estaba sucediendo.

El dolor en el cuerpo era tan fuerte que no podía tener ni siquiera ropa puesta, así que no la cubrían con nada, no habría más corsettes, ni fajas, si sombreros para dormir, más que un camisón suelto y de una tela muy suave, mientras era presa de fiebres tan turbulentas, que la confundían más, con el dolor, los efectos del opio y el frío del otoño conjugado con el frío escalofriante que provoca una terrible fiebre.

Sus padres no sabían que hacer, estaban desesperados, adoraban a su hija y no soportaban verla sufrir de esa manera, ver cómo una joven con tanta vida, con ese brillo que parecía un resplandor de sus ojos estaba perdiendo prácticamente su vida. La veían y recordaban esas noches de bailes interminables, con valses de Strauss y ella con aquellos vestidos traídos desde Francia, aquellas mantillas Españolas para diversas ocasiones, la graciosa sonrisa y las reverencias con las que siempre saludaba a quienes eran sus anfitriones. Veían en su habitación rosas, rosas de un color muy pálido, a ella eran las que más le gustaban, las rosas inglesas.

-Las rosas inglesas -decía- son mis favoritas, son lindas, tienen un aroma excepcional y su té es fabuloso acompañado por pastelitos con crema de almendras (mientras reía como si fuera un cascabel, así de feliz era)

Sus padres mandaron al cochero en medio de aquella madrugada por un doctor nuevo, esta señorita, veía y escuchaba todo lo que estaba pasando y tenía mucho miedo, amaba a la vida, era muy joven, era bellísima y todos le habían prometido un futuro más que flagrante.

Sólo movía los ojos tratando de observar a sus padres pero era inútil, no podía girar el cuello y las voces se confundían en su cabeza.

Llegó el cochero y con este una enfermera y una carta sellada con el nombre de aquel médico, en el que explicaba que mandaba a una de sus asistentes, que consideraba la más competente, y que lo que esta señorita necesitaba era una sangría. Sus padres lo discutieron, habían probado de todo, habían pasado filas de médicos y nada, siempre era el mismo resultado, ella seguía igual, y por su misma condición no podía viajar en un carruaje a Suiza para descansar y tener una mejor atención. Era demasiado el dolor, el viaje le quitaría la vida por completo.

Asintieron y del lado derecho de la majestuosa cama, abrieron las cortinas de un rojo carmesí, con galones dorados, y la asistente vio a la desdichada enferma, había varios sirvientes para ayudar a la asistente del médico, llevaban las navajas, varios platos, y telas, así como ligas para hacer los debidos torniquetes al terminar con la sangría.

Aquella pieza de ternura estaba invadida por el miedo y estaba realmente muy pálida.Su piel era muy delicada, era extremadamente blanca, sus venas se notaban por todo su cuerpo, pero eran muy delgadas y eso era un problema porque no podrían encontrar una vena lo suficientemente fuerte para sacar la sangre contaminada, así que primero estuvieron revisando el brazo derecho, y viendo la situación tan grave ante la que se enfrentaba la asistente, decidió que ese sería el brazo indicado. Pidió entonces la navaja y de un tirón cortó la piel que parecía inhumana a causa de su color y la tersura, pero no se manchó de rojo aquella blancura.

Un torrente de sangre salió casi por medio metro del brazo de aquella joven, no cayó sobre los platos que tenían previstos encima de la cama y las paredes, como sus preciosos muebles se tiñeron por las gotas ahora chorreantes de sangre. El flujo dejó de ser fuerte por momentos y así hasta que pudieron sostener el brazo para que reposara entre aquellos platos, uno, dos, tres, salía demasiada sangre y ella ya estaba casi en estado inconsiente. Hasta que su padre dijo que ya era suficiente, que la estaban matando y no se trataba de eso, su madre observaba desde uno de los sillones en la habitación pero era demasiado fuerte y la educación de aquella época no le permitían demostrar sus sentimientos en público así que sabía que no podía llorar, mientras sólo sostenía un pañuelo blanco entre las dos manos, apretándolo con mucha fuerza.

No pudieron mover el antebrazo de aquella joven, entonces vieron que ya no salía sangre y ella estaba con los ojos cerrados. La creyeron dormida, y pensaron que había funcionado. La sangría había funcionado hablaban los criados en la parte de abajo del chalet y estaban emocionados, tanto que pensaban hacerle un desayuno digno de una princesa, ya que la querían mucho.

La asistente se fue, aquella joven en realidad no estaba durmiendo, estaba totalmente inconsciente por la falta de sangre y sin darse cuenta dejaron que su brazo colgara de la cama, mientras gota por gota la alfombra antes del mismo color de aquellas rosas se volvía roja.

Pasaron los días, pasaron las semanas y ella no despertaba, sus padres le lloraban y no habían movido nada de esa habitación, más que las rosas que continuamente las cambiaban porque sabían que no le gustaban las rosas marchitas, ellos no se movían de su lado, sólo la veían, como dormía, inmaculada, bella y como su cabello seguía creciendo, muestra de que su salud estaba mejorando. Eso les daba un consuelo.

Hasta que llegó la primera nevada, era casi un amanecer, muy frío más que los anteriores, y fue cuando entonces la belleza abrió los ojos, despacio, lentamente y trató de reconocer lo que había a su alrededor, vio que eran sus aposentos, vió del lado izquierdo de su cama a sus padres que sonreían entre lágrimas de felicidad y ella después de mucho ella sonrió también.

Empezó a balbucear y pudo pedirle algo a su madre…. llegó su nana y entre las dos la levantaron de la cama, ella con un suave camisón de seda blanco y de manga larga y sus rizos color avellana, su piel que se fundía entre la tela, estaba dando sus primeros pasos, después de tanto tiempo. Hasta que llegó a su silla de ruedas, y pidió ver el amanecer.

Ver como amanecía entre el frío era una sensación sublime decía, ver como se une la nieve y la salida del Sol, en esta mañana ha sido lo mejor que me ha pasado, dijo. Asomada por una rendija de su balcón, cubriéndose con aquellas cortinas de brocado dorado.

Volteó a su alrededor y empezó a examinar todo, pidió que limpiaran las paredes que no quería recuerdos de aquella enfermedad, no quería ver más sangre, y entonces se dió cuenta de que sus rosas preferidas ahora eran rojas y preguntó:

-¿Quién ha cambiado mis rosas? Las mías son siempre pálidas, no rojas.

A lo que le respondió su padre, las rosas se impregnaron de tu sangre así como lo hizo el florero de cristal cortado, las hemos cambiado, porque sabemos que no te gustan las flores marchitas, pero desde aquella vez, las rosas siguen siendo rojas.

Esto pasaba igual con la alfombra, cuando la quitaron para lavarla, vieron que no se desteñía, era como si la hubieran comprado en Turquía con esas distintas tonalidades de rojo y dorado. Las sirvientas se sorprendieron mucho y le avisaron a su madre, a lo que la Dama le explicó lo sucedido.

La señorita permanecía viendo ese amanecer entre copos de nieve, viendo el sol, escondida de todo y de todos, y sin mirar a los demás dijo en tono altivo, me quedaré con las rosas rojas y con la misma alfombra.

Ellos cambiaron, cuando yo también cambié. Y nunca volveré a ser la misma. Como ellos.

No me podrán quitar esas marcas de lo que pasé, no me pueden hacer que olvide, no soy la misma, y no intentaré serlo.

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Recuerdos

enero 15, 2008

Cómo te recuerdo, cómo les recuerdo…

Sí tintero y pluma tanto tiempo atrás, cuando me acompañaban en esas noches de luna, en una vieja mesa de madera pegada a la ventana y yo, con los dedos manchados por tinta negra chorreante, confundida con mi piel, blanca, siempre blanca sin darme los rayos del sol, y así parecía un ligero pero muy siniestro color índigo.

Esas noches en las que abría aquella ventana en la torre, y entonces sentía el frío atemorizante, y las palabras recorrían esa mesita, escondiéndose de las gotas hirvientes de cera que iban cayendo sobre ella, una y otra vez, pareciera que al mismo ritmo, al compás de alguna imagen que hubiera creado una melodía. Eso se veía, las imágenes provocaban esos sonidos en mi mente, ahora recuerdos en mis pensamientos.

La noche era siniestra y tétrica, no había nadie, pero yo estaba acompañada por ellos, por tintero y pluma, por hojas de papel, de varios tipos, incluso en algunos cajones guardaba pergaminos enrollados de lo que ahora serían mis borradores y mis sellos, tan notables con las iniciales de mis apellidos. Pero nadie sabía que yo estaba ahí. Todos pensaban que hacía mucho tiempo había muerto.

Y en realidad así había sido y lo que eran los lujos y las fiestas en aquellos salones de espejos como las demás ilusiones se habían convertido en añoranzas. Como todo lo demás. Los palacios se habían destruido por guerras, por luchas, y yo siempre escondida sin poder alcanzar la luz del sol.

Todo había quedado deshecho, las paredes se habían venido abajo y lo que antes era opulencia ahora estaba reducido a cenizas maltrechas.

Había pasado ya mucho tiempo y me dolía tanto ver la destrucción que estaba a mi alrededor, que no podía con ello, mi laúd tenía las cuerdas rotas y estaba en un rincón de esa torre, negra, mohosa, con una sola ventana, abandonada, sin una puerta, en realidad no sabía como había llegado ahí, supongo que cerraron todo lo que vieron que no tenía destino alguno.

Desperté en esa noche, cuando el viento abrió de par en par las corroídas ventanas y el frío me abarcó toda entera.

Fue entonces cuando caminando tambaleándome, llegue hasta esa mesa y vi todo aquello que era mi vida, que ahora es mi pasado, vi mis manos todavía manchadas por esa tinta y restos de polvo de zinc, para secar los escritos que mandaba. Y ahora lloraba y no lo podía detener, me dolía tanto recordarlo, ver lo que me hacía tan feliz, la música, mis escritos, aquellos viejos libros que estaban en otra recóndita esquina, formaron una etapa de mi vida, eran regalos de alguien que fue importante en esa época, ahora no había luz, todo era resquebradijo, gris, negro, con mucha humedad y frío y el viento helado no dejaba de golpear una y otra vez.

Todo dolía, dolía el despertar y encontrarme con aquello, que fuera mi gran ilusión, que fuera mi felicidad, que fuera mi vida entera, dolía, dolía mucho a pesar de ser simples recuerdos.

Me dolía estar muerta en vida, no poder salir y ver que en dónde me encontraba era una habitación en circulo, sin una salida, mas que esa vieja ventana, donde tantas veces estuve en aquella mesita, escribiendo, sólo inspirándome en lo que veía, en lo que sentía, en la pasión y amor que tenía, a todo y a todos, cuando había flores en aquellos jardines, esos rosales sembrados sólo para mi. Ahora la tierra negra y estéril.

De repente entró el viento más fuerte y con él se llevó varias hojas que estaban a medio escribir, de las cuales no se notaba ya casi nada, a causa de las lágrimas que habían manchado el propio papel mezclándose con la tinta.

Ya no me dolía tanto, me dolía más el recordar, el vivir ese presente que no sentía mío, sin embargo sentía que pertenecía a ese lugar más que a ninguno, porque hacía mucho, mucho tiempo, eso había sido mi felicidad, pero estando encerrada, sin poder salir a la luz del sol que era mi muerte y habiendo perdido tanto tiempo, ¿cómo podría recuperar una felicidad de tal magnitud?

Estando sola, sin apoyo, sin fuerzas, pero queriendo salir adelante…

Ya viviendo, despertando, entre recuerdos y con miedo, con las ruinas de un castillo dónde solo se erguía una torre, en la que parecía había una maldición, en la que me encontraba yo, de nuevo.

Viva

Porque bien dicen que recordar es vivir, aunque muchas veces es tremendamente doloroso.

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El Miedo

enero 14, 2008

Al ir caminando por calles tan iluminadas en un frío consumiente, más no escalofriante, viendo imágenes pertenecientes a mis pensamientos, imágenes de un pasado, confundiéndose con las imágenes de este presente, en las que me envolvía el tiempo persiguiéndome con sus pasos agigantados, como cuando niña.

Aún recuerdo aquel incendio, un día antes de irnos de la Casa Grande y separarnos para siempre, vi como en esos pisos de mármol, con esos barandales de cedro se destrozaban por ese calor, ese fuego que me iba pronto a consumir si no salía de ahí, yo yendo arriba y más arriba, porque en cada escalón que subía, este anterior se deshacía, y era demasiado sufrimiento, verme envuelta en llamas, perdiendo a mi familia, y perdiendo mis posesiones más queridas, perdiéndome incluso a mi. Hace tanto de aquello….

 Ahora parecía que caminaba incluso corría entre la gente, pero en realidad sólo iba en regresión y no podía hacer nada, las luces me molestaban y las risas de las personas con sus abrazos y festejos me dolían como si me clavaran por cada sonido una saeta en el pecho.

Caminaba una y otra vez, por esos senderos que muy bien conocía, pero lo quería dejar atrás a él, sin embargo cada vez me acechaba más y me vi envuelta en un remolino, todo giraba y giraba, las risas ahora eran muecas y parecía que se burlaban de mí, mientras yo, trataba de abrirme paso ante aquella adversidad, en la cual no reconocía a aquellos demonios.

Hice una parada y de pronto vi que me había perdido, estaba perdida en medio de lo que yo misma conocía tan bien, estaba lejos y no encontraba una señal, una salida, sólo venían esas imágenes a mi mente de lo que había pasado por aquellas callejuelas andrasojas y sucias para mí, dónde me habían robado, dónde me habían tirado, dónde había yacido caída tantas veces, dónde jugaron conmigo, incluso donde me ultrajaron y se aprovecharon de mí de las más viles formas que pueda haber.

Seguía caminando, negándome a ver lo que pasaba a mi alrededor, cerrando mis oídos ante esas mounstrousidades, pero mientras más caminaba él me hacía su presa y hacía que en mí, nacieran pensamientos oscuros y lúgubres para que no pudiera continuar, para que me sintiera cada vez más perdida y me rindiera ante él, como una súbdita más, como una más de su séquito.

Todo ahora estaba oscuro, era demasiado el seguir sin ver nada, era muy difícil, pero sabía que tenía que continuar, hacía mucho frío, y las miradas de las mujeres eran ácidas, las de los hombres eran por mucho lánguidas y retorcidas, queriendo acercarse a mi oído y decir algo mientras se llevaban un pedazo de mi, como era robarse un suspiro proveniente de mi cabello en mi cuello, de mi perfume o ligeramente rozar mi piel, entre una multitud de la que o quería escapar.

No quería estar ahí, no quería convertirme en eso, era escalofriante, era desgarrador, no lo soportaba.

Encontré un parque y me senté mientras todo era desolación y niños en el suelo jugando, yo saqué de mi cigarrera de plata un cigarro y lo encendí, el viento era muy fuerte, mi cabello volaba y yo temblaba, no sabía si era efecto del frío o de los mismos nervios que él provocaba.

Necesitaba pensar, necesitaba aclararme, pero no podía, él me invadía, y no lo soportaba, no podía más. Tenía miedo de perder lo único que me quedaba, tenía miedo de convertirme en algo más de esa ciudad que conocía tan bien y a la vez desconocía, en la que no quería estar y sin embargo estaba.

No quería que el ambiente me consumiera, no quería perderme en esa multitud, me quería a mi, ya me tenía, y no me quería perder, no quería de nuevo no poder encontrarme, no lo podía aceptar y no podía pensar, temblaba demasiado, el frío me calaba y mi cerebro estaba ya bloqueado. Sólo sabía que no quería ser parte de esa mezcla sin forma, en la que muchos están metidos y son sólo más un juego, yo no quería eso, ya había luchado por siglos contra esa carga, no podía más.

El cigarro me había quemado y de tanto frío no lo había sentido, hasta que quise llevármelo a la boca y vi que tenía llagas en dos dedos.

No quiero perderme, no quiero ser más su presa, no quiero deformarme y convertirme en algo que no soy, no quiero ser lo que no soy y que mi esencia se esfume, tengo miedo. – Me decía mientras caminaba sin un rumbo definido o eso creía –

 Y así fue como caminando llegué a un acantilado, hermoso, de noche, el viento me daba la libertad que necesitaba y ahí fue cuando me dí cuenta… todo era negro, parecía un inmenso vacío y yo, yo resplandecía.

Yo no era como los demás, yo no pertenecía a ese lugar, yo no era como ellos, yo brillaba y ya no tenía miedo de perderme. Estaba conmigo y me abracé mientras veía el resplandor que salía en ese abrazo en el que me fundía. Era YO y eso nadie me lo iba a quitar, lo era y así sería. Mi esencia nadie la quitaría. Y esta vez el miedo no me vencería.