La Nieve de Diciembre

diciembre 29, 2008

La nieve se había convertido en escarcha y el resplandor del sol lastimaba los ojos de la princesa que salía en el pequeño carruaje a forma de trineo, cubierta con una capa de piel de oso y un enorme sombrero.

Adentrándose en el bosque se veía la silueta de un hombre; ella lo vió por una de las pequeñas ventanas y dijo al cochero que parara con tres golpes en la madera.

Con sus delicados pies sentía que se envolvía en una espiral al verlo, al reencontrarse con él, de nuevo. Iba caminando tan rápido que sus vestidos eran sumergidos en la propia nieve, lo mismo que sus pies, pero no importaba el frío, ni las distancias con tal de verlo de nuevo.

Se encontraron y en un profundo abrazo se unieron, como si por siglos no se hubieran visto…

Ella notaba algo en él, estaba distante y serio.

No sabía lo que les esperaba, ella siendo una princesa y él no más que un soldado perteneciente al ejército que en guerra estaba, no le podía prometer nada. Y así fue cuando ella se enteró que el joven gallardo iba al frente y aún ante todos los obstáculos que habían vencido, no sabrían si podrían superar este.

Ella le regaló un mechón de sus rubios cabellos y él le dió un pañuelo, el cual estaba impregnado de perfume de narcisos recién cortados.

Se despidieron.

Cuántas noches no le lloró ella en ese mismo pañuelo, cuántas lunas y sufrimientos no pasaron con los días, con esas semanas y esos años que se perdió la belleza y frescura con la que esos delicados pies nunca más se posaron sobre el bosque en busca de un amor.

Viviendo encerrada en el mismo castillo, se dejó morir, una enfermedad muy rara la atacó, sin poderse mover, sin poder hablar, hasta el punto que casi estaba ciega, y ni por esos ventanales se asomaba a ver la gracia de los que pasaban por esas calles, en fechas como estas.

La nieve seguía cubriendo esos cristales y aunque ella no los podía ver postrada en esa cama, sentía como cada copo entonaba una nota, y así se imaginaba una canción, canciones que en su mente componía, ya que ni cantar, ni tocar ningún instrumento se podía ya.

Avisaron a sus padres de un desvanecimiento, una noche de invierno.

Cuando se supo la noticia, ellos subieron las escaleras rápidamente y vieron que en el lecho ya no se encontraba una dama afligida ni mustia, sino una hermosa joven, con los pómulos rebosantes de vida, y en los labios dibujada una sonrisa.

Nadie comprendía esto y cuando pudieron restablecerse de tal shock emocional, pudieron sentir esas ráfagas de aire que entraban por esos ventanales, que estaban abiertos de par en par y así dejaban entrar a la tormenta de nieve… cuando su padre se acercó para cerrar el balcon, escuchó esa melodía, que ella sentía en cada noche junto con esos copos y asomó su cara y vió con gran fragilidad a un flautista que era, el que todas las noches tocaba esa melodía para la princesa.

Era el joven que antes fue soldado y siempre el amor de la princesa…Esa noche, cuando los ventanales se abrieron,  tuvo la fuerza para levantarse y así querer saber el porqué con tal fuerza se habían abierto, y así fue como después de tanto tiempo ella lo vió y se emocionó de tal manera que al decirle que bajaba ya, se recostó y en su mal estado su corazón dejó de latir.

Cuando el médico entró a revisarla a la hora acostumbrada, vió que había fallecido, pero nadie notó otro cambio, hasta que el padre vió el cuadro y se enterneció tanto que no pudo decirle la verdad a aquel hombre y dejó que siguiera entonando la melodía, con la que su hija había muerto de amor pero con felicidad y así él mismo, ese amor fue quien la acompañó durante su enfermedad y su funeral, sin darse cuenta y esperándola eternamente, como ella hizo con él.

Siempre tocaba esa canción, siempre en las primeras nevadas de Diciembre, aunque con el tiempo la canción se hizo del pueblo y así él desapareció, dejando el legado de su amor y una leyenda que ni en sueños ha desaparecido.

Una Novia

diciembre 19, 2008

Bajo el manto de la lúgubre noche se escuchaban pasar esos tacones, que no dejaban sino más que una sombra, un despojo, una ilusión, algo de lo que muchos querían.

Ataviada con un velo negro, la novia iba de luto, sesgando vidas a su paso, quitando marcas de las heridas, sintiendo las gotas derramadas por la lluvia y cómo, tras el frío, los árboles pronunciaban su propio nombre.

Por los antiguos castillos se le veía rondar, por esas noches en sigilo, que eran su pesar, un penar…

Guantes que fueron blancos con esperanzas, se tornaron en un negro envoltorio de muerte, mientras iba llorando por esas calles que no eran ya sino destrozos de recuerdos, de una vida no naciente.

Se escuchan esos pasos en su andar, como si los tacones fueran los únicos que existieran… ya.

Escrito el 31 de octubre de 2008

Mi Príncipe

septiembre 29, 2008

El Príncipe que no existió más que en un cuento, aquel que de caballero ya reinó su propio imperio. Del que quiero escapar, más no puedo.

-Déjadme, Déjadme en paz…

Yo te digo… más no haces sino reírte como aquellos, los que estaban antes y después de alguien como tú. Esos los enmascarados, los falsos príncipes que no llegaron más que a papel en su trágico arrebatar.

Ya no te quiero! no, no puede ser… más te siento cada vez más profundo y tu sonrisa titirita como un cascabel; ahora son tus propias palabras las que me han herido…las que han sido como una estocada, la final, sin que escucharas si una, ni una sola palabra de las que he dicho en nuestro funeral.

Me escondo para no verte y en cualquier lugar, en una copa o en una canción te encuentro, incluso si hay sol… y no, ya no me divierto, en las noches no me dejas de buscar, persigues mi andar y yo, sigo queriendo escapar, más no lo consigo.

Este es mi pago por cada cual, por la enseñanza en contrapuntos y similares al andar, un reino abandonado ya al azar, siendo no más que recuerdos, quizás del más allá, de lo que nunca tuvimos, más de lo que siempre vivimos.

Que veo hoy, NUNCA fue real.

El Príncipe se quedó en un libro y su amante por igual, mas yo ahora lo escribo, siendo que no, no puedo, aunque quisiera no te puedo olvidar.

Pero el tiempo seguirá su curso y viendo que no estamos, tal vez algún día, entre leguas de fuego seremos consumidos y nos amaremos quizás más.

Escrito desde hace mucho tiempo,

tanto que no recuerdo cuando fue…

Ofelia

mayo 5, 2008

Dicen que Ofelia estaba loca… ¿en verdad lo estaba?

Ofelia no estaba loca, Ofelia sufría.

Ofelia buscaba un refugio, un refugio dentro de la belleza,

Dentro de su propia belleza,

Siempre dentro de ella, en un encierro al que llamaban locura.

Un encierro provocado por la represión y el dolor

Que fueron los mismos, aquellos que la encerraron

Ante el espanto de ese mundo, el de los demás.

Ella se burlaba de los hombres

Esos de los que siempre prometen

Pero nunca cumplen.

Ellos que la tomaban porque había perdido la razón,

Al perder a su padre, quien en realidad le había

quitado a su verdadero amor.

Por eso encerrada en su mente, paseaba por los jardines,

Porque los amaba y era lo único que le quedaba,

Por la soledad y por la libertad, por el aire frío emanando de

Las costas azules, como grises de Dinamarca

Por el húmedo viento y el rocío que mojaba sus delicados pies ya descalzos,

Cuando tomaba flores para hacer coronas, para reyes como para reinas

Más nunca para ella…

Era tan hermosa que en un riachuelo, dentro de aquel jardín

En aquel palacio, vió su imagen tan etérea y pura como lo era…

Como lo era sólo ella.

Y también se vió rodeada de esas orquídeas,

Esos dedos de Muerto que le arrebataron

Lo que muchos considerarían su vida.

Lo que para ella fue mejor, al por fin liberarse de ese encierro

Y de las burlas y promesas de familias, príncipes o plebeyos…

Al fundirse entre las heladas aguas e inmensas flores,

Con el peso del ropaje de una princesa que nunca fue

Y la única sonrisa que ensombreció más vidas.